Este artículo de Guillermo Sheridan apareció en La Jornada Semanal en 1997. ¿Continúa vigente?
El SNI debe desaparecer
La UNAM es una universidad tan peculiar que cada tanto tiempo sus rectores anuncian el propósito de academizarla. Reconocen así que en la UNAM hay una pugna con fuerzas y propósitos que no son académicos, pero viven tan bien de la academia que han logrado desacademizarla. Se trata de un reconocimiento tácito de que en nuestra universidad no prevalece el conocimiento ni sus reglas, sino el poder y las suyas. También reconoce que administrar el conocimiento es un impulso más poderoso, y redituable, que crearlo y transmitirlo, a tal grado que la administración puede desacademizar a la UNAM. Sin embargo, la misma UNAM propició su desacademización inventando una categoría anómala: el académico administrativo, cuyo poder administrativo es tal que puede manipular, averiar y desvirtuar proyectos académicos sin pedirle permiso a nadie y sin que nadie lo evalúe.
Que la administración del conocimiento ha desplazado la creación y transmisión de conocimiento se comprueba todos los días en la UNAM, en las más variadas situaciones. Un investigador que juntó méritos durante 18 años para llegar a titular B, puede amanecer mañana como vecino de otro titular B cuyo único mérito es ser amigo del director. Un grupo de académicos crea una revista especializada y a base de trabajo logra que se le otorgue reconocimiento internacional. Llega un académico administrativo que se la expropia porque sí, porque los otros le caen gordos o porque necesita darle la chamba a un amigo. Desacademizar siempre se hace a nombre de la academización.
Una administración que prescinde de las reglas gobierna a una comunidad científica, que vive de reglas. Principales entre ellas son las que determinan la constante evaluación del conocimiento que genera y que transmite. Esto coloca en mala situación la funcionalidad de la academia en general y la práctica de la evaluación en particular. Sobre el saber susceptible de ser evaluado objetivamente, se privilegia un poder que no se evalúa, sino se ejerce. La academia meritocratiza el saber, y poco puede contra un poder que burocratiza.
En México, los méritos no se consiguen, se decretan; no se examinan, se imponen. El diplomático de carrera que se ha preparado toda su vida, académicamente, para ser embajador, ve triunfar a alguien que tiene mejores calificaciones académicas que él: ser un político en desgracia. La UNAM, que debería ser la excepción, hace lo mismo: es más meritorio administrar o sindicalizar o liderear, que tener méritos académicos. Pero la administración del conocimiento no se evalúa, y la creación y transmisión de conocimiento, sí (lo que crea más burocracia). Es decir, lo que en otros ámbitos es optativo, en el académico es definitorio: la razón de ser del quehacer académico no es otra que examinar la realidad, examinarse ante la realidad y ser examinado por la realidad.
Está en nuestra tradición despreciar toda forma de evaluación, y ese desprecio se articula en los hechos. El énfasis se pone no tanto en la educación del alumno, sino en su graduación. (Por eso cada año el SNI me exige que me doctore: le interesa mi título, no mi excelencia; mi valor estadístico, no mi saber.) Este énfasis, sumado al paternalismo, colabora a la desacademización. De ahí que en las estadísticas de la UNAM, el adversario no sea tanto el bajo nivel del conocimiento, sino el alto nivel de las deserciones. Se tiene la impresión de que muchos estudiantes ven en su graduación no tanto un premio a sus conocimientos, sino a su constancia.
Del kinder al posgrado, al estudiante no se le exige mucho. Sabe que siempre hay modo de pasar un examen, de regatearlo, lloriquearlo y extraordinarearlo. (Esto ha aumentado la demanda internacional de nuestros servicios: ¡doctórese en México: es gratis, es fácil, hay playas!) Desde joven, el alumno sabe que, en el diccionario práctico de la lengua mexicana, en la entrada ``regla'' dice ``véase excepción''. Exentar un examen, no por el mérito que lo haría superfluo, sino por presión política, se llegó a considerar un acto justiciero, lo mismo que el examen extraordinario a perpetuidad.
La teoría del ``pase automático'' no es el único ejemplo de cómo el desprecio a la evaluación académica se convierte en regla desacademizante. Nunca he entendido por qué en México los pasantes pueden elegir a sus sinodales. Ni por qué el director de tesis, en vez de sentarse junto al pasante y encarar el riesgo de reprobar con él, no sólo está en el jurado, sino que lo preside. El participio mismo, pasante, no sólo es un semitítulo con valor oficial: ya tiene algo de segura causalidad. Hay una regla no escrita que dice: ``examen profesional no se reprueba''. Tampoco he entendido jamás cómo esto se convierte en costumbre de la vida académica: el examen abierto cerrado con retrato hablado ante el que el sumiso consejo interno entiende que debe ``opinar favorablemente''; o el privilegio que tiene el investigador, si llega a terminar un libro, de elegir a su dictaminador.
Pero de pronto, habituado a esta indolencia, le hablan al académico de mecanismos evaluadores objetivos. Desde luego, lo deseable sería que los criterios del SNI no apareciesen al iniciarse la carrera académica, sino desde el principio: que no fueran una aduana, sino una ruta. Súbitamente, si quiere ganar más, debe valerse por sí mismo y, peor aún, valer por sí mismo. Por primera vez, no sólo no es ascendido entre mimos de unos brazos institucionales a otros, sino que enfrenta un hecho insólito: se le trata de detener a como dé lugar. Es una situación para la que no lo preparó la vida. Descubre, aterrorizado, que esta vez no puede elegir a sus evaluadores y que las posibilidades de desacademizar son pocas, pues se enfrenta a un rigor superior a la ética: el presupuesto. El universitario enfrenta una disyuntiva: se queda como un desacadémico de sueldo escaso, pero seguro, o se somete a un examen académico. Además, si opta por la mediocridad no tendrá que demostrar con documentos probatorios que es un mediocre, se lo van a creer de entrada.
Desde luego, el desdén hacia la evaluación no es sólo el resultado de la indolencia: es expresión de un sistema académico desacademizado que rinde beneficios a la burocracia que lo administra. No importa que el sistema se desacademice y deje de funcionar para lo que debía; siempre funcionará para otra cosa. Que un sistema deje de funcionar no sólo no es un problema, sino hasta un beneficio: permite crear un nuevo sistema, un sistema potenciado, paralelo, un nuevo activo en la bolsa a la alza del poder. En nuestras universidades públicas, si algo deja de funcionar, ni se le corrige ni se le desaparece, ni se buscan responsables: se crea una entidad paralela que jura no cometer los mismos errores y luego se pone a ver cómo cometerlos. Los desastres académicos convienen: tienen soluciones políticas.
En este sentido el SNI es un sistema paralelo: suplanta las evaluaciones internas de las instituciones porque sabe que no son confiables. Como no lo puede decir abiertamente, porque las instituciones se sienten ofendidas, disfraza su desconfianza en las instituciones de aprecio a la excelencia de sus individuos. Es decir, premia a los excelentes por no decir que castiga a los indolentes. Pero esa operatividad relativiza la escala de los valores: lo que debería ser normal pasa a ser excelente, lo mediocre pasa a ser normal y lo francamente imbécil pasa a ser mediocre. Al evaluar los méritos con un rigor diferente al de los consejos internos, el SNI no sólo asume la inutilidad de éstos, su carácter desacademizado, sino su falsedad, pues en términos objetivos el resultado de una evaluación no tiene por qué ser distinto para la UNAM y para el SNI. Se asume entonces que lo que es distinto no es la evaluación, sino la honestidad académica con que la hace el SNI y la deshonestidad desacadémica con la que la hacen los consejos internos. En este sentido el PRIDE, el sistema de estímulos interno de la UNAM, ya no es un sistema paralelo, sino esquizofrénico: es decir, un desdoblamiento de sí mismo. Sin arbitraje ni criterios exteriores de excelencia, evalúa dentro de la UNAM, pero con un rigor distinto al de la UNAM: el consejo interno puede aprobar un informe que el PRIDE descalifica. En este sentido, el argumento clásico que se esgrimía cuando nació el PRIDE, que decía: ``si mi desempeño es bueno para el consejo interno debe ser bueno para el PRIDE'', es en principio irrebatible. El SNI se asume así como una suerte de conciencia honesta, académica, de la desacademizada UNAM. Más que apoyar a los académicos de excelencia, el SNI reconoce a los académicos que no es necesario academizar; más que destacar a los mejores, pone en evidencia a los que se beneficiaron de la indolencia de una universidad desacademizada.
De cualquier modo, el enfrentamiento entre una fuerza expansiva desacademizada (UNAM), y una fuerza restrictiva academizante (SNI) es delicado. Como en todo sistema que maneje un doble estándar de valores (a saber: el mismo producto es bueno para la UNAM y malo para el SNI), el equilibrio es precario. El descontento se agudiza además porque la academia es evaluable y la desacademia no, lo que le carga la mano burocrática a los excelentes que van a la vanguardia estableciendo el estándar de la excelencia, tratando de huir de la desacademia, que avanza sola, uncida al vagón de la burocracia.
Un sistema de doble estándar sólo sirve para cancelar el uso de dobles estándares: o hay excelencia o hay indolencia. Es absurdo que el SNI premie lo que se escapa del promedio, si no hay un movimiento simultáneo que mejore al promedio; o que se reconozca como un paliativo para un mal conservándose indiferente a las causas de ese mal. No puede subsistir premiando la excelencia y a la vez tolerando la indolencia porque las presiones para desacademizar la academia son mucho mayores que las contrarias. Debería entenderse no sólo como un sistema de evaluación de individuos academizados, sino como una descalificación de un sistema académico tan desacademizado que hace necesario al SNI.
De perpetuarse, el SNI corre el riesgo de también desacademizarse. Si el SNI nos reconoce como inteligentes, el SNI que nos evalúa se obliga a ser más inteligente que nosotros. Pero hoy por hoy, las presiones para que se esniícen los criterios de los consejos internos son mucho menores a las presiones para que se consejointernicen los criterios del SNI. Que el SNI otorgue puntos por labores administrativas, ya abre la puerta a la desacademización. Debería haber un SNU, Sistema Nacional de Universidades, que evaluara los modos de evaluar, internos, de las universidades, y que acabara con las prácticas desacademizantes institucionalizadas. Como esto no se puede hacer, porque va contra el poder desacademizante de los burócratas, el SNI fabrica SNIs internos: nuevos niveles y nuevos emeritazgos, o que tome como referencia evaluaciones ajenas a la desacademia nacional: los méritos conseguidos en el extranjero, donde el SNI parece creer que la objetividad evaluadora es mayor que la nacional (como si los académico-administrativos, en feliz trueque, no se cansaran de publicar en revistas extranjeras a cambio de invitar al editor a visitar México, todo pagado).
Además, al sentir la fiebre del virus de la excelencia, las universidades han soltado millones de anticuerpos: facilidades sin fin para publicar, doctorar, dictaminar, conferenciar, premiar, enseñar, comiterear, sinoladear, coordinar, en pos de los puntos acumulables. En la medida que el SNI y el PRIDE ponen más y más exámenes, la UNAM aporta más y más acordeones: se estimula el esfuerzo individual por producir más y mejor, pero a la vez disminuyen las exigencias de calidad a nombre de la evidencia de cantidad. El desempeño es más abundante, pero menos excelente.
Academizar a la academia se antoja tan absurdo como relativizar la relatividad. No es tan absurdo si se considera que vivimos en un país en el que desde hace sesenta años se democratiza la democracia. La única diferencia con el PRI es que se supone que nosotros somos inteligentes. En este sentido, al SNI le urge lo que se proponía el comité de paz de Bertrand Russell: desaparecer, su única prueba de éxito sería desaparecer.
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jueves, 23 de octubre de 2008
lunes, 20 de octubre de 2008
Cómo aumentar tus pilones, por Jaime DURAZO
Este artículo nos parece genial. Apareció en La Jornada Semanal cuando la dirigía Juan Villoro, en 1998.
Jaime Durazo es investigador en el Instituto de Geología de la UNAM (a menos que ya se haya emigrado...)
La ambición es un vicio que puede engendrar la virtud.
Quintiliano
La ley de Lotka y don Quintiliano
Según Callon y otros (1995; p. 10), del Instituto de Sociología de la Ciencia de la Universidad de París, es un hecho universal que ``la comunidad científica se divide en una élite que publica la mayor parte de los artículos (científicos) y en una masa de investigadores poco productivos''. Tal hecho lo cuantifica una distribución estadística extensamente documentada para los principales países productores de ciencia, la denominada ley de Lotka (DeSolla-Price, 1963)
N(n) = constante x (1/n2)
donde N(n) es el número de autores que generan ``n'' publicaciones durante un determinado periodo de tiempo. Ejemplo: por cada autor que publica seis artículos durante un año, probablemente habrá 36 que publican sólo uno en el mismo lapso.
Mencionado por DeSolla-Price, pionero de la cienciometría intuida por el físico y filósofo materialista John D. Bernal, el fundamento de la ley de Lotka se encuentra en el propio mecanismo de la producción científica personal, que está lejos de ser un fenómeno aleatorio. ``Un autor que publica aumenta su capacidad de credibilidad. Cuanto más se reconoce su labor, más fácil le resultará convencer a los organismos que deben financiar la investigación y más fácil logrará atraer a otros investigadores y técnicos (y estudiantes) que quieran participar con él en un nuevo ciclo de producción'' (p.22). Bien, muuuy bien, ¿y...?
Bueno, lo que de aquellos ilustres franceses deduzco es que si puedes y te decides pronto, publicar un segundo artículo te será más fácil que el primero, y el tercero más que el segundo, y el cuartoÉ etc. Lo que apantallantemente afirmo es que, similar a la estructura molecular del ADN, por ahí va una cadena de oportunidades ciertamente meritorias asociada con otra de oportunismos ciertamente contingentes. Con lo último me refiero a que los investigadores -humanos al fin- estamos expuestos a las tentaciones de la publicacionitis indiscriminada, per se, al igual que los compradores a las probaditas gratis, los ganchos y las ofertas de temporada del supermercado. Uno se pica, pues.
Mi afirmación tiene sustento. Por un lado, me apoya el celebérrimo Quintiliano (¿quién diablos fue Quintiliano? ¿Tenía acaso la virtud de poseer un quintillón de dólares?) Por otro, dispongo de la reflexión de dos personajes de mi área profesional: una tesis parecida la sostuvo hace años un presidente de la Sociedad Geológica de América (King Hubbert, 1963), y otra, también parecida, le preocupa hoy al director del Instituto de Geofísica de la UNAM (Urrutia Fucugauchi, 1997). Los títulos de sus artículos son más que elocuentes.
Copilco el Alto
¿A qué viene todo esto? Resulta que en 1996 la producción científica del mencionado Instituto de Geofísica, creámoslo o no, pues la muestra es muy pequeña, parece obedecer a la ley de Lotka. Perdón ahora por mi atrevimiento. No obstante que la producción global pudo ser localmente buena, como número absoluto (calificado según Harvard) no fue MB ni B y confieso que yo, H-1 investigador de la tres veces H masa académica de ese instituto, no contribuí con nada a elevar la calificación.
Deseo recapitular y hacer notar el indicio que de todo esto se sustenta y considero supera al rollo vil: si la producción fue regular o mala, es decir, tercermundista, no fue sólo culpa de los académicos, también fue culpa del señor Lotka y del factor constante que aparece en su ley, mismo que para nosotros es la constante de Copilco el Alto.
Kafkatlán
Tomemos por cierto el indicio aludido, generalicemos y pasemos a ingeniar cómo mejorar nuestro futuro rendimiento científico. A mi manera, también estoy preocupado y aprovecho para vender una idea. ¿Te gustaría competir con los académicos primermundistas y que éstos te hicieran los mandados y (no) se comieran los pilones? ¿Cómo?
Lo primero es reconocer y resignarse a que el factor (1/n2) del fenómeno bibliográfico es inexorable y siempre habrá 1 de a 6 por 36 de a 1. (La élite es la élite y, salvo un milagro, de todas maneras Juan te quedas.) Lo segundo es recordar que afortunadamente vivimos en Kafkatlán y podemos metamorfosear la susodicha constante copilquense. Para aumentarla hay multitud de formas; me concretaré a unas pocas y todas chicanas.
Según la aritmética de los pilones académicos, dos publicaciones en inglés son más que una (la aritmética en español no es tan benigna); ergo, en mi investigación te haré coautor si tú me correspondes con lo mismo.
Se puede ampliar la idea: que todos los artículos generados sean firmados por, digamos, seis o más coautores, y se incluya a aquellos de la mencionada masa poco (o im) productiva que sean cooperadores. La filosofía es que nada es de gorra: o corren muestras o prestan equipo o traducen y revisan ortografía o se ponen determinada camiseta y le cantan Las mañanitas al chief o preparan el café y las tortas, ¿otros?
Aunque a esto elegantemente lo podría designar como trabajo en equipo o multidisciplinariedad, explicaré a continuación otra forma más suave, yo diría tecnocrática, que me gustaría llamarla a la Pelochas. Lo estarás sospechando, no soy original (acaso si seré procaz), creo estar aprovechándome de algunas vivencias y de las nuevas e irreversibles circunstancias.
Sucede, hoy y aquí, que el modo de producción de los artículos científicos -perdón don Carlos Marx- está en plena transformación. ¿Recuerdas el cuento ``Canastitas en serie'', de B. Traven (1974)? De la ineficiente producción artesanal, romántica y a veces exótica de los retraídos sabios ortodoxos estamos pasando a la flamante producción en cadena de los pragmáticos y abiertos sabios nueva ola. ¿Recuerdas la película Tiempos modernos, de Charles Chaplin?
La MUP (minimum unit of publication -adaptación simultánea de la rasuradora de Okham y el sagrado principio de Maupertuis-), la Caprecypre (capacity of recycling published results -ciento por ciento ecología peiperiana-) y el cacaraquear los güevos -sabiduría gallinácea aplicada al principio darwiniano de sobrevivencia en la chamba-, son sólo tres de los conceptos de una mercadotecnia que rápidamente gana terreno al estímulo de los pilones académicos, el aumento de estudiantes graduados con beca y otras circunstancias favorables. ¡Ojo!, el horno ya está en su punto y aquí viene:
Lo mero güeno
Si se busca fama y fortuna (de perdis local y en devaluados pesos), cada uno de los ortodoxos tendrá que soltarse la greña, pedir a la virgencita de Guadalupe que le aumente su IQ y organizar su propia empresa de artículos científicos, sea fábrica, maquiladora o una combinación (o de perdis un changarro). Ni modo. Se recomienda irle al América, autopostularse a Reina de la Primavera, aprender computación, publicar en inglés, familiarizarse con las artes del moche, asociarse a clubes académicos y, de ser posible, registrarse en los tratados de libre comercio.
¡Oraleee...! Masa de académicos de México, ¡desmistificaos! ¡Sí-se-puede! ¡Sí-se-puede! ¡Sí-se-puede! Total, si el negocio fracasa quién quita y seamos rescatados por el Conacytproa. El secreto está revelado.
Jaime Durazo es investigador en el Instituto de Geología de la UNAM (a menos que ya se haya emigrado...)
La ambición es un vicio que puede engendrar la virtud.
Quintiliano
La ley de Lotka y don Quintiliano
Según Callon y otros (1995; p. 10), del Instituto de Sociología de la Ciencia de la Universidad de París, es un hecho universal que ``la comunidad científica se divide en una élite que publica la mayor parte de los artículos (científicos) y en una masa de investigadores poco productivos''. Tal hecho lo cuantifica una distribución estadística extensamente documentada para los principales países productores de ciencia, la denominada ley de Lotka (DeSolla-Price, 1963)
N(n) = constante x (1/n2)
donde N(n) es el número de autores que generan ``n'' publicaciones durante un determinado periodo de tiempo. Ejemplo: por cada autor que publica seis artículos durante un año, probablemente habrá 36 que publican sólo uno en el mismo lapso.
Mencionado por DeSolla-Price, pionero de la cienciometría intuida por el físico y filósofo materialista John D. Bernal, el fundamento de la ley de Lotka se encuentra en el propio mecanismo de la producción científica personal, que está lejos de ser un fenómeno aleatorio. ``Un autor que publica aumenta su capacidad de credibilidad. Cuanto más se reconoce su labor, más fácil le resultará convencer a los organismos que deben financiar la investigación y más fácil logrará atraer a otros investigadores y técnicos (y estudiantes) que quieran participar con él en un nuevo ciclo de producción'' (p.22). Bien, muuuy bien, ¿y...?
Bueno, lo que de aquellos ilustres franceses deduzco es que si puedes y te decides pronto, publicar un segundo artículo te será más fácil que el primero, y el tercero más que el segundo, y el cuartoÉ etc. Lo que apantallantemente afirmo es que, similar a la estructura molecular del ADN, por ahí va una cadena de oportunidades ciertamente meritorias asociada con otra de oportunismos ciertamente contingentes. Con lo último me refiero a que los investigadores -humanos al fin- estamos expuestos a las tentaciones de la publicacionitis indiscriminada, per se, al igual que los compradores a las probaditas gratis, los ganchos y las ofertas de temporada del supermercado. Uno se pica, pues.
Mi afirmación tiene sustento. Por un lado, me apoya el celebérrimo Quintiliano (¿quién diablos fue Quintiliano? ¿Tenía acaso la virtud de poseer un quintillón de dólares?) Por otro, dispongo de la reflexión de dos personajes de mi área profesional: una tesis parecida la sostuvo hace años un presidente de la Sociedad Geológica de América (King Hubbert, 1963), y otra, también parecida, le preocupa hoy al director del Instituto de Geofísica de la UNAM (Urrutia Fucugauchi, 1997). Los títulos de sus artículos son más que elocuentes.
Copilco el Alto
¿A qué viene todo esto? Resulta que en 1996 la producción científica del mencionado Instituto de Geofísica, creámoslo o no, pues la muestra es muy pequeña, parece obedecer a la ley de Lotka. Perdón ahora por mi atrevimiento. No obstante que la producción global pudo ser localmente buena, como número absoluto (calificado según Harvard) no fue MB ni B y confieso que yo, H-1 investigador de la tres veces H masa académica de ese instituto, no contribuí con nada a elevar la calificación.
Deseo recapitular y hacer notar el indicio que de todo esto se sustenta y considero supera al rollo vil: si la producción fue regular o mala, es decir, tercermundista, no fue sólo culpa de los académicos, también fue culpa del señor Lotka y del factor constante que aparece en su ley, mismo que para nosotros es la constante de Copilco el Alto.
Kafkatlán
Tomemos por cierto el indicio aludido, generalicemos y pasemos a ingeniar cómo mejorar nuestro futuro rendimiento científico. A mi manera, también estoy preocupado y aprovecho para vender una idea. ¿Te gustaría competir con los académicos primermundistas y que éstos te hicieran los mandados y (no) se comieran los pilones? ¿Cómo?
Lo primero es reconocer y resignarse a que el factor (1/n2) del fenómeno bibliográfico es inexorable y siempre habrá 1 de a 6 por 36 de a 1. (La élite es la élite y, salvo un milagro, de todas maneras Juan te quedas.) Lo segundo es recordar que afortunadamente vivimos en Kafkatlán y podemos metamorfosear la susodicha constante copilquense. Para aumentarla hay multitud de formas; me concretaré a unas pocas y todas chicanas.
Según la aritmética de los pilones académicos, dos publicaciones en inglés son más que una (la aritmética en español no es tan benigna); ergo, en mi investigación te haré coautor si tú me correspondes con lo mismo.
Se puede ampliar la idea: que todos los artículos generados sean firmados por, digamos, seis o más coautores, y se incluya a aquellos de la mencionada masa poco (o im) productiva que sean cooperadores. La filosofía es que nada es de gorra: o corren muestras o prestan equipo o traducen y revisan ortografía o se ponen determinada camiseta y le cantan Las mañanitas al chief o preparan el café y las tortas, ¿otros?
Aunque a esto elegantemente lo podría designar como trabajo en equipo o multidisciplinariedad, explicaré a continuación otra forma más suave, yo diría tecnocrática, que me gustaría llamarla a la Pelochas. Lo estarás sospechando, no soy original (acaso si seré procaz), creo estar aprovechándome de algunas vivencias y de las nuevas e irreversibles circunstancias.
Sucede, hoy y aquí, que el modo de producción de los artículos científicos -perdón don Carlos Marx- está en plena transformación. ¿Recuerdas el cuento ``Canastitas en serie'', de B. Traven (1974)? De la ineficiente producción artesanal, romántica y a veces exótica de los retraídos sabios ortodoxos estamos pasando a la flamante producción en cadena de los pragmáticos y abiertos sabios nueva ola. ¿Recuerdas la película Tiempos modernos, de Charles Chaplin?
La MUP (minimum unit of publication -adaptación simultánea de la rasuradora de Okham y el sagrado principio de Maupertuis-), la Caprecypre (capacity of recycling published results -ciento por ciento ecología peiperiana-) y el cacaraquear los güevos -sabiduría gallinácea aplicada al principio darwiniano de sobrevivencia en la chamba-, son sólo tres de los conceptos de una mercadotecnia que rápidamente gana terreno al estímulo de los pilones académicos, el aumento de estudiantes graduados con beca y otras circunstancias favorables. ¡Ojo!, el horno ya está en su punto y aquí viene:
Lo mero güeno
Si se busca fama y fortuna (de perdis local y en devaluados pesos), cada uno de los ortodoxos tendrá que soltarse la greña, pedir a la virgencita de Guadalupe que le aumente su IQ y organizar su propia empresa de artículos científicos, sea fábrica, maquiladora o una combinación (o de perdis un changarro). Ni modo. Se recomienda irle al América, autopostularse a Reina de la Primavera, aprender computación, publicar en inglés, familiarizarse con las artes del moche, asociarse a clubes académicos y, de ser posible, registrarse en los tratados de libre comercio.
¡Oraleee...! Masa de académicos de México, ¡desmistificaos! ¡Sí-se-puede! ¡Sí-se-puede! ¡Sí-se-puede! Total, si el negocio fracasa quién quita y seamos rescatados por el Conacytproa. El secreto está revelado.
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