Revista Letras Libres, 119, noviembre de 2008.
La cantidad de doctores que producen las naciones es una medida que los organismos internacionales observan para otorgarles su diploma de competitividad. Se entiende que así sea: en teoría, expresa la seriedad que un país otorga a la educación y es algo muy fácilmente computable.
México adoptó, y adaptó, ese proceder. De pronto, el doctorado desplazó a la licenciatura como garantía de calidad académica y pedantería social. Entre funcionarios y arribistas abundan quienes en buena hora ciñen doctorado sin más sinodal que el impresor de tarjetas de visita. Otros acuden a la Universidad Pacotilla más cercana y algunos –los que toman la farsa más en serio– a la versátil Plaza de Santo Domingo, donde inscribirse y merecer el doctorado, con mención honorífica y cédula profesional incluidas, toma unas cuantas horas.
Sí, muchos se doctoran en serio, redactan tesis originales con tutores exigentes, realizan exámenes arduos y
aumentan la inteligencia científica del país. Entre 1990 y 1999 se otorgaron en México (nota uno, abajo) 5 mil 200 doctorados (curioso, pues coincide con el colapso de la calidad educativa en los niveles inferiores). Pasamos de tener 2.5 doctores por millón de habitantes en 1990 a 8.6 en 1999 (cuando Francia tenía 180 y Brasil 18). Esto se debió a que en 1993 el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) convirtió la posesión del doctorado en sinónimo de excelencia y le condicionó el ingreso o la renovación (algo más entendible en las ciencias duras que en las humanidades, a las que aludo en este escrito).
Los adjetivos excelente, extraordinario y sobresaliente abundan en las convocatorias, pero sólo tienen sentido si culminan en estadísticas. Se puede ser un investigador excelente, pero si no alimenta la cadena del proceso doctoral, ya no lo es tanto. Impartir cursos vale, pero dirigir tesis cuenta, aunque la excelencia de la tesis esté por verse. Los trabajos de un investigador son su voluntad y responsabilidad exclusiva, pero cuentan lo mismo que dirigir una tesis que depende sólo de la voluntad del tesista. Si tres tutores distintos trabajasen con el mismo buen candidato, la diferencia en calidad sería mínima; con uno malo, el desastre sería idéntico. En ambos casos el mérito del tutor es vicario, pero es premiable en ambos, pues lo excelente es doctorar, no lo doctorado. Y las comisiones –en las que un arquitecto o un antropólogo “evalúan”, digamos, a un filósofo– saldrán del problema palomeando requisitos, a nombre de la excelencia, sin leer una línea. Doctorar se ha convertido en unidad contable obligatoria del trueque académico: le otorga “puntos” a toda la cadena de la rendición de cuentas, desde el pasante, el tutor y los jurados hasta los funcionarios y directivos que procesan las estadísticas.
Doctorar en serio es meritorio, pero hacerlo imperativo conlleva el riesgo de abaratar la mercancía: dirigir la tesis cuenta más que el valor intrínseco de la tesis. Cuando un procedimiento rinde más beneficio que su resultado, se ha burocratizado. Los casi 15 mil miembros del SNI deberán dirigir por lo menos una tesis cada tres años en promedio: algo con tal demanda se presta a todo tipo de intereses. Y más en México, donde todo requisito incluye la forma de sesgarlo: que las instituciones exijan productividad está bien; que atenúen las exigencias para reconocerla, es fatal. Ya es lo normal brincar de una licenciatura sin tesis a un doctorado al vapor o a la medida; la maestría ya es una especie en extinción. La urgencia suaviza el camino para que todos los involucrados merezcan su palomita. Ya hay candidatos que venden su “uso y costumbre” de elegir al director de tesis. Ya no sólo se venden tesis (plagiadas) en línea desde Estados Unidos (véase nota 2): me consta que en México las de doctorado andan por los 20 mil pesos, listas para imprenta. A este paso –insisto: sobre todo en las carreras humanísticas– doctorarse en México en 2010 puede acabar siendo tan irrelevante como obtener “mención honorífica”.
Darle seriedad a los títulos supone agregarles dificultad. Hay que restarles ceremonial bobo, sumarles carácter de verdadera prueba, agregarles el riesgo de reprobar. Y las instituciones deben reglamentar con rigor implacable los procesos de titulación. Las comisiones que aceptan el tema de tesis, nombran al director y al jurado, deben excluir la voluntad o el capricho del pasante. Ya no puede tolerarse que el director de tesis funja además como presidente del jurado: que se siente junto a su pupilo y se someta a examen con él, y si este reprueba, que se le llame a cuentas y se le resten puntos.
Quizás el SNI podría tener una responsabilidad más acentuada. Si ya tiene atributos como ponderar la categoría de las publicaciones académicas o calificar el nivel de excelencia de las instituciones que otorgan títulos profesionales, podría supervisar la seriedad de sus reglamentos para doctorar con “evaluadores acreditados”. El riesgo es que las agencias foráneas de evaluación terminen por diferenciar al mexicano de un doctorado del primer mundo (como, de hecho, ya se hace en México, donde se aprecia más el conseguido en el extranjero). Y que aun los doctorados rigurosos carguen con el marchamo de ser considerados excelentes, pero mediocres.
1. Según la International Foundation for Science: http://www.ifs.se/Publications/Mesia/MESIA—3—IFS—Impact—Mexico.pdf
Estados Unidos doctora entre 40 y 45 mil personas al año: http://www.norc.org/projects/survey+of+earned+doctorates.htm
2. Véase por ejemplo: http://tomiesmith.wordpress.com/2008/07/10/custom-thesis-and-dissertations-for-sale/
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viernes, 14 de noviembre de 2008
No PRIDE (2), por G. Sheridan
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jueves, 23 de octubre de 2008
La UNAM en los rankings internacionales (II)
Segunda parte del artículo de Roberto Rodríguez Gómez.
Nos parece esencial visitar su blog y leer todo lo que este cuate está reflexionando y analizando sobre educación superior, en México y en otros países.
http://rodriguez.blogsome.com/campus-153/
La semana pasada comentamos aquí las puntuaciones de la UNAM en la edición 2005 de los rankings del Times Higher Education Supplement (THES). Los buenos resultados alcanzados por la Universidad Nacional dieron muy buena prensa a la institución y resultó casi unánime la opinión encomiosa. ¿Qué hubiera pasado si, por azares del cambio de metodología de la nueva revisión, en vez de resultar favorecida nuestra casa de estudios hubiera disminuido el lugar ocupado el año pasado?
La pregunta no es retórica. Para ilustrar una reacción posible, tómese en cuenta lo ocurrido en Malasia una vez que se dio a conocer la lista. La Universidad de Malasia descendió del puesto 89 al 169 y la Universidad de Sains, colocada en el lugar 121 en 2004, ni siquiera alcanzó sitio en las primeras doscientas. Para colmo, una universidad de Tailandia (Chulalongkorn), país con el que Malasia tiene una histórica rivalidad, figuró en el sitio 121, cuando en 2004 ni siquiera pintaba. Aparte de la reacción de prensa, el asunto llegó al congreso y fue calificado por el partido de oposición como una “crisis” de la política de educación superior en ese país. Según consigna el propio THES, el líder opositor Lim Kit Siang calificó la situación como un motivo de “infamia y vergüenza nacional” (THES, 11 de noviembre 2005). ¿Será para tanto?
En parte sí, desde luego si aceptamos que un efecto de la globalización es la comparabilidad internacional. La lógica que subyace los sistemas de clasificación de universidades del mundo es que una economía competitiva requiere instituciones productoras de conocimiento de muy alto nivel. Sin ellas, no parece posible tener acceso al escenario de la economía y la sociedad del conocimiento. Así, medir la calidad universitaria mediante instrumentos comparativos buscaría responder a la pregunta ¿qué tan preparado está un país, en términos intelectuales, para enfrentar condiciones de competencia global?
Sin embargo, tanto la reacción de orgullo como la de “vergüenza nacional” ya comentadas, dan por certeros los resultados de estudios que, ellos mismos, reconocen márgenes de incertidumbre. Tanto la lista THES, como el ranking internacional elaborado por el Instituto de Educación Superior de la Universidad Jiao Tong de Shangai (este año clasificó a la UNAM en el puesto 153 entre las mejores quinientas universidades del planeta), reconocen que sus respectivos sistemas de clasificación están todavía en proceso de consolidación, que hace falta desarrollar indicadores más precisos, y que el nivel de agregación de los datos desaconseja un juicio absoluto en la comparación de resultados.
Varios especialistas han señalado problemas metodológicos en los rankings internacionales. Por ejemplo, Anthony F. J. van Raan, de la Universidad de Leiden (Holanda), publicó en el número 133 de Scientometrics (2005) el artículo “Fatal Attraction: Ranking of Universities by Bibliometric Methods”. En él, el autor hace notar que los métodos bibliométricos no fueron diseñados con fines de evaluación y, menos aún, de comparación. El papel del entrecruzamiento de referencias, en que se basa la bibliometría contemporánea, “juega el papel de recuperación de información científica relevante, no el de una base de datos ajustada a fines de evaluación” (pág. 4). El segundo problema mencionado por van Raan se relaciona con el procedimiento de búsqueda en bases de datos extensas. Si el productor del ranking construye el indicador mediante referencias a las universidades, pierde información en los casos en que los autores no citan su universidad de procedencia.
El mismo autor, en “Challenges in Ranking Universities”, presentado como ponencia en la Primera Conferencia Internacional sobre Universidades de Clase Mundial (Shangai, junio de 2005), endereza una razonable crítica a la metodología de “revisión por pares” utilizada en los rankings THES para construir el factor de prestigio institucional. Recordemos que ese factor pondera la mitad del resultado en la lista del suplemento británico. En este caso, el argumento crítico de van Raan se enfoca sobre la capacidad de los árbitros para reconocer calidades universitarias más allá de sus primeras elecciones. Según el autor, el “par académico” está en condiciones de mencionar, en primer lugar, las universidades que conoce personalmente y sobre las que puede tener una opinión más o menos objetiva. De manera que la probabilidad de ser mencionadas universidades poco conocidas en el mundo, independientemente de la calidad de su desempeño, es mínima.
Por su parte, N.C. Lyu y Y. Cheng, del equipo encargado del ranking de Shangai, reconocen tres problemas. Uno, que el idioma para la difusión internacional del conocimiento científico es básicamente el inglés, lo que pone en desventaja cuantitativa y cualitativa a las comunidades académicas no angloparlantes. Dos, que la obtención de premios internacionales (la lista de Shangai pondera a los ganadores de premio Nóbel) se circunscribe a un circuito académico de alcance muy limitado. Tres, que las universidades que enfatizan la docencia sobre la investigación, obtienen resultados muy escasos en los indicadores de calidad considerados. Con todo, los autores concluyen que “cualquier ranking es controvertido y ninguno es totalmente objetivo. Sin embargo, los rankings universitarios se han vuelto populares en muchos países (...) y llegaron para quedarse. El tema principal entonces es cómo mejorarlos en beneficio de la educación superior.”
Desde su refundación moderna, las universidades han procurado desarrollar síntesis entre dos misiones en relativa tensión: participar en el proyecto universalista de las ciencias y contribuir al bienestar de la población. La UNAM, junto a otras universidades públicas, incluido el Politécnico Nacional, destaca en ambos aspectos. Por ello, al margen de los indicadores de desempeño académico recogidos en los rankings, es importante desarrollar metodologías e indicadores que hagan notar la relevancia social de nuestras instituciones.
Publicado en Campus Milenio, núm. 154, 17 de noviembre de 2005
Nos parece esencial visitar su blog y leer todo lo que este cuate está reflexionando y analizando sobre educación superior, en México y en otros países.
http://rodriguez.blogsome.com/campus-153/
La semana pasada comentamos aquí las puntuaciones de la UNAM en la edición 2005 de los rankings del Times Higher Education Supplement (THES). Los buenos resultados alcanzados por la Universidad Nacional dieron muy buena prensa a la institución y resultó casi unánime la opinión encomiosa. ¿Qué hubiera pasado si, por azares del cambio de metodología de la nueva revisión, en vez de resultar favorecida nuestra casa de estudios hubiera disminuido el lugar ocupado el año pasado?
La pregunta no es retórica. Para ilustrar una reacción posible, tómese en cuenta lo ocurrido en Malasia una vez que se dio a conocer la lista. La Universidad de Malasia descendió del puesto 89 al 169 y la Universidad de Sains, colocada en el lugar 121 en 2004, ni siquiera alcanzó sitio en las primeras doscientas. Para colmo, una universidad de Tailandia (Chulalongkorn), país con el que Malasia tiene una histórica rivalidad, figuró en el sitio 121, cuando en 2004 ni siquiera pintaba. Aparte de la reacción de prensa, el asunto llegó al congreso y fue calificado por el partido de oposición como una “crisis” de la política de educación superior en ese país. Según consigna el propio THES, el líder opositor Lim Kit Siang calificó la situación como un motivo de “infamia y vergüenza nacional” (THES, 11 de noviembre 2005). ¿Será para tanto?
En parte sí, desde luego si aceptamos que un efecto de la globalización es la comparabilidad internacional. La lógica que subyace los sistemas de clasificación de universidades del mundo es que una economía competitiva requiere instituciones productoras de conocimiento de muy alto nivel. Sin ellas, no parece posible tener acceso al escenario de la economía y la sociedad del conocimiento. Así, medir la calidad universitaria mediante instrumentos comparativos buscaría responder a la pregunta ¿qué tan preparado está un país, en términos intelectuales, para enfrentar condiciones de competencia global?
Sin embargo, tanto la reacción de orgullo como la de “vergüenza nacional” ya comentadas, dan por certeros los resultados de estudios que, ellos mismos, reconocen márgenes de incertidumbre. Tanto la lista THES, como el ranking internacional elaborado por el Instituto de Educación Superior de la Universidad Jiao Tong de Shangai (este año clasificó a la UNAM en el puesto 153 entre las mejores quinientas universidades del planeta), reconocen que sus respectivos sistemas de clasificación están todavía en proceso de consolidación, que hace falta desarrollar indicadores más precisos, y que el nivel de agregación de los datos desaconseja un juicio absoluto en la comparación de resultados.
Varios especialistas han señalado problemas metodológicos en los rankings internacionales. Por ejemplo, Anthony F. J. van Raan, de la Universidad de Leiden (Holanda), publicó en el número 133 de Scientometrics (2005) el artículo “Fatal Attraction: Ranking of Universities by Bibliometric Methods”. En él, el autor hace notar que los métodos bibliométricos no fueron diseñados con fines de evaluación y, menos aún, de comparación. El papel del entrecruzamiento de referencias, en que se basa la bibliometría contemporánea, “juega el papel de recuperación de información científica relevante, no el de una base de datos ajustada a fines de evaluación” (pág. 4). El segundo problema mencionado por van Raan se relaciona con el procedimiento de búsqueda en bases de datos extensas. Si el productor del ranking construye el indicador mediante referencias a las universidades, pierde información en los casos en que los autores no citan su universidad de procedencia.
El mismo autor, en “Challenges in Ranking Universities”, presentado como ponencia en la Primera Conferencia Internacional sobre Universidades de Clase Mundial (Shangai, junio de 2005), endereza una razonable crítica a la metodología de “revisión por pares” utilizada en los rankings THES para construir el factor de prestigio institucional. Recordemos que ese factor pondera la mitad del resultado en la lista del suplemento británico. En este caso, el argumento crítico de van Raan se enfoca sobre la capacidad de los árbitros para reconocer calidades universitarias más allá de sus primeras elecciones. Según el autor, el “par académico” está en condiciones de mencionar, en primer lugar, las universidades que conoce personalmente y sobre las que puede tener una opinión más o menos objetiva. De manera que la probabilidad de ser mencionadas universidades poco conocidas en el mundo, independientemente de la calidad de su desempeño, es mínima.
Por su parte, N.C. Lyu y Y. Cheng, del equipo encargado del ranking de Shangai, reconocen tres problemas. Uno, que el idioma para la difusión internacional del conocimiento científico es básicamente el inglés, lo que pone en desventaja cuantitativa y cualitativa a las comunidades académicas no angloparlantes. Dos, que la obtención de premios internacionales (la lista de Shangai pondera a los ganadores de premio Nóbel) se circunscribe a un circuito académico de alcance muy limitado. Tres, que las universidades que enfatizan la docencia sobre la investigación, obtienen resultados muy escasos en los indicadores de calidad considerados. Con todo, los autores concluyen que “cualquier ranking es controvertido y ninguno es totalmente objetivo. Sin embargo, los rankings universitarios se han vuelto populares en muchos países (...) y llegaron para quedarse. El tema principal entonces es cómo mejorarlos en beneficio de la educación superior.”
Desde su refundación moderna, las universidades han procurado desarrollar síntesis entre dos misiones en relativa tensión: participar en el proyecto universalista de las ciencias y contribuir al bienestar de la población. La UNAM, junto a otras universidades públicas, incluido el Politécnico Nacional, destaca en ambos aspectos. Por ello, al margen de los indicadores de desempeño académico recogidos en los rankings, es importante desarrollar metodologías e indicadores que hagan notar la relevancia social de nuestras instituciones.
Publicado en Campus Milenio, núm. 154, 17 de noviembre de 2005
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El SNI debe desaparecer, por G. Sheridan
Este artículo de Guillermo Sheridan apareció en La Jornada Semanal en 1997. ¿Continúa vigente?
El SNI debe desaparecer
La UNAM es una universidad tan peculiar que cada tanto tiempo sus rectores anuncian el propósito de academizarla. Reconocen así que en la UNAM hay una pugna con fuerzas y propósitos que no son académicos, pero viven tan bien de la academia que han logrado desacademizarla. Se trata de un reconocimiento tácito de que en nuestra universidad no prevalece el conocimiento ni sus reglas, sino el poder y las suyas. También reconoce que administrar el conocimiento es un impulso más poderoso, y redituable, que crearlo y transmitirlo, a tal grado que la administración puede desacademizar a la UNAM. Sin embargo, la misma UNAM propició su desacademización inventando una categoría anómala: el académico administrativo, cuyo poder administrativo es tal que puede manipular, averiar y desvirtuar proyectos académicos sin pedirle permiso a nadie y sin que nadie lo evalúe.
Que la administración del conocimiento ha desplazado la creación y transmisión de conocimiento se comprueba todos los días en la UNAM, en las más variadas situaciones. Un investigador que juntó méritos durante 18 años para llegar a titular B, puede amanecer mañana como vecino de otro titular B cuyo único mérito es ser amigo del director. Un grupo de académicos crea una revista especializada y a base de trabajo logra que se le otorgue reconocimiento internacional. Llega un académico administrativo que se la expropia porque sí, porque los otros le caen gordos o porque necesita darle la chamba a un amigo. Desacademizar siempre se hace a nombre de la academización.
Una administración que prescinde de las reglas gobierna a una comunidad científica, que vive de reglas. Principales entre ellas son las que determinan la constante evaluación del conocimiento que genera y que transmite. Esto coloca en mala situación la funcionalidad de la academia en general y la práctica de la evaluación en particular. Sobre el saber susceptible de ser evaluado objetivamente, se privilegia un poder que no se evalúa, sino se ejerce. La academia meritocratiza el saber, y poco puede contra un poder que burocratiza.
En México, los méritos no se consiguen, se decretan; no se examinan, se imponen. El diplomático de carrera que se ha preparado toda su vida, académicamente, para ser embajador, ve triunfar a alguien que tiene mejores calificaciones académicas que él: ser un político en desgracia. La UNAM, que debería ser la excepción, hace lo mismo: es más meritorio administrar o sindicalizar o liderear, que tener méritos académicos. Pero la administración del conocimiento no se evalúa, y la creación y transmisión de conocimiento, sí (lo que crea más burocracia). Es decir, lo que en otros ámbitos es optativo, en el académico es definitorio: la razón de ser del quehacer académico no es otra que examinar la realidad, examinarse ante la realidad y ser examinado por la realidad.
Está en nuestra tradición despreciar toda forma de evaluación, y ese desprecio se articula en los hechos. El énfasis se pone no tanto en la educación del alumno, sino en su graduación. (Por eso cada año el SNI me exige que me doctore: le interesa mi título, no mi excelencia; mi valor estadístico, no mi saber.) Este énfasis, sumado al paternalismo, colabora a la desacademización. De ahí que en las estadísticas de la UNAM, el adversario no sea tanto el bajo nivel del conocimiento, sino el alto nivel de las deserciones. Se tiene la impresión de que muchos estudiantes ven en su graduación no tanto un premio a sus conocimientos, sino a su constancia.
Del kinder al posgrado, al estudiante no se le exige mucho. Sabe que siempre hay modo de pasar un examen, de regatearlo, lloriquearlo y extraordinarearlo. (Esto ha aumentado la demanda internacional de nuestros servicios: ¡doctórese en México: es gratis, es fácil, hay playas!) Desde joven, el alumno sabe que, en el diccionario práctico de la lengua mexicana, en la entrada ``regla'' dice ``véase excepción''. Exentar un examen, no por el mérito que lo haría superfluo, sino por presión política, se llegó a considerar un acto justiciero, lo mismo que el examen extraordinario a perpetuidad.
La teoría del ``pase automático'' no es el único ejemplo de cómo el desprecio a la evaluación académica se convierte en regla desacademizante. Nunca he entendido por qué en México los pasantes pueden elegir a sus sinodales. Ni por qué el director de tesis, en vez de sentarse junto al pasante y encarar el riesgo de reprobar con él, no sólo está en el jurado, sino que lo preside. El participio mismo, pasante, no sólo es un semitítulo con valor oficial: ya tiene algo de segura causalidad. Hay una regla no escrita que dice: ``examen profesional no se reprueba''. Tampoco he entendido jamás cómo esto se convierte en costumbre de la vida académica: el examen abierto cerrado con retrato hablado ante el que el sumiso consejo interno entiende que debe ``opinar favorablemente''; o el privilegio que tiene el investigador, si llega a terminar un libro, de elegir a su dictaminador.
Pero de pronto, habituado a esta indolencia, le hablan al académico de mecanismos evaluadores objetivos. Desde luego, lo deseable sería que los criterios del SNI no apareciesen al iniciarse la carrera académica, sino desde el principio: que no fueran una aduana, sino una ruta. Súbitamente, si quiere ganar más, debe valerse por sí mismo y, peor aún, valer por sí mismo. Por primera vez, no sólo no es ascendido entre mimos de unos brazos institucionales a otros, sino que enfrenta un hecho insólito: se le trata de detener a como dé lugar. Es una situación para la que no lo preparó la vida. Descubre, aterrorizado, que esta vez no puede elegir a sus evaluadores y que las posibilidades de desacademizar son pocas, pues se enfrenta a un rigor superior a la ética: el presupuesto. El universitario enfrenta una disyuntiva: se queda como un desacadémico de sueldo escaso, pero seguro, o se somete a un examen académico. Además, si opta por la mediocridad no tendrá que demostrar con documentos probatorios que es un mediocre, se lo van a creer de entrada.
Desde luego, el desdén hacia la evaluación no es sólo el resultado de la indolencia: es expresión de un sistema académico desacademizado que rinde beneficios a la burocracia que lo administra. No importa que el sistema se desacademice y deje de funcionar para lo que debía; siempre funcionará para otra cosa. Que un sistema deje de funcionar no sólo no es un problema, sino hasta un beneficio: permite crear un nuevo sistema, un sistema potenciado, paralelo, un nuevo activo en la bolsa a la alza del poder. En nuestras universidades públicas, si algo deja de funcionar, ni se le corrige ni se le desaparece, ni se buscan responsables: se crea una entidad paralela que jura no cometer los mismos errores y luego se pone a ver cómo cometerlos. Los desastres académicos convienen: tienen soluciones políticas.
En este sentido el SNI es un sistema paralelo: suplanta las evaluaciones internas de las instituciones porque sabe que no son confiables. Como no lo puede decir abiertamente, porque las instituciones se sienten ofendidas, disfraza su desconfianza en las instituciones de aprecio a la excelencia de sus individuos. Es decir, premia a los excelentes por no decir que castiga a los indolentes. Pero esa operatividad relativiza la escala de los valores: lo que debería ser normal pasa a ser excelente, lo mediocre pasa a ser normal y lo francamente imbécil pasa a ser mediocre. Al evaluar los méritos con un rigor diferente al de los consejos internos, el SNI no sólo asume la inutilidad de éstos, su carácter desacademizado, sino su falsedad, pues en términos objetivos el resultado de una evaluación no tiene por qué ser distinto para la UNAM y para el SNI. Se asume entonces que lo que es distinto no es la evaluación, sino la honestidad académica con que la hace el SNI y la deshonestidad desacadémica con la que la hacen los consejos internos. En este sentido el PRIDE, el sistema de estímulos interno de la UNAM, ya no es un sistema paralelo, sino esquizofrénico: es decir, un desdoblamiento de sí mismo. Sin arbitraje ni criterios exteriores de excelencia, evalúa dentro de la UNAM, pero con un rigor distinto al de la UNAM: el consejo interno puede aprobar un informe que el PRIDE descalifica. En este sentido, el argumento clásico que se esgrimía cuando nació el PRIDE, que decía: ``si mi desempeño es bueno para el consejo interno debe ser bueno para el PRIDE'', es en principio irrebatible. El SNI se asume así como una suerte de conciencia honesta, académica, de la desacademizada UNAM. Más que apoyar a los académicos de excelencia, el SNI reconoce a los académicos que no es necesario academizar; más que destacar a los mejores, pone en evidencia a los que se beneficiaron de la indolencia de una universidad desacademizada.
De cualquier modo, el enfrentamiento entre una fuerza expansiva desacademizada (UNAM), y una fuerza restrictiva academizante (SNI) es delicado. Como en todo sistema que maneje un doble estándar de valores (a saber: el mismo producto es bueno para la UNAM y malo para el SNI), el equilibrio es precario. El descontento se agudiza además porque la academia es evaluable y la desacademia no, lo que le carga la mano burocrática a los excelentes que van a la vanguardia estableciendo el estándar de la excelencia, tratando de huir de la desacademia, que avanza sola, uncida al vagón de la burocracia.
Un sistema de doble estándar sólo sirve para cancelar el uso de dobles estándares: o hay excelencia o hay indolencia. Es absurdo que el SNI premie lo que se escapa del promedio, si no hay un movimiento simultáneo que mejore al promedio; o que se reconozca como un paliativo para un mal conservándose indiferente a las causas de ese mal. No puede subsistir premiando la excelencia y a la vez tolerando la indolencia porque las presiones para desacademizar la academia son mucho mayores que las contrarias. Debería entenderse no sólo como un sistema de evaluación de individuos academizados, sino como una descalificación de un sistema académico tan desacademizado que hace necesario al SNI.
De perpetuarse, el SNI corre el riesgo de también desacademizarse. Si el SNI nos reconoce como inteligentes, el SNI que nos evalúa se obliga a ser más inteligente que nosotros. Pero hoy por hoy, las presiones para que se esniícen los criterios de los consejos internos son mucho menores a las presiones para que se consejointernicen los criterios del SNI. Que el SNI otorgue puntos por labores administrativas, ya abre la puerta a la desacademización. Debería haber un SNU, Sistema Nacional de Universidades, que evaluara los modos de evaluar, internos, de las universidades, y que acabara con las prácticas desacademizantes institucionalizadas. Como esto no se puede hacer, porque va contra el poder desacademizante de los burócratas, el SNI fabrica SNIs internos: nuevos niveles y nuevos emeritazgos, o que tome como referencia evaluaciones ajenas a la desacademia nacional: los méritos conseguidos en el extranjero, donde el SNI parece creer que la objetividad evaluadora es mayor que la nacional (como si los académico-administrativos, en feliz trueque, no se cansaran de publicar en revistas extranjeras a cambio de invitar al editor a visitar México, todo pagado).
Además, al sentir la fiebre del virus de la excelencia, las universidades han soltado millones de anticuerpos: facilidades sin fin para publicar, doctorar, dictaminar, conferenciar, premiar, enseñar, comiterear, sinoladear, coordinar, en pos de los puntos acumulables. En la medida que el SNI y el PRIDE ponen más y más exámenes, la UNAM aporta más y más acordeones: se estimula el esfuerzo individual por producir más y mejor, pero a la vez disminuyen las exigencias de calidad a nombre de la evidencia de cantidad. El desempeño es más abundante, pero menos excelente.
Academizar a la academia se antoja tan absurdo como relativizar la relatividad. No es tan absurdo si se considera que vivimos en un país en el que desde hace sesenta años se democratiza la democracia. La única diferencia con el PRI es que se supone que nosotros somos inteligentes. En este sentido, al SNI le urge lo que se proponía el comité de paz de Bertrand Russell: desaparecer, su única prueba de éxito sería desaparecer.
El SNI debe desaparecer
La UNAM es una universidad tan peculiar que cada tanto tiempo sus rectores anuncian el propósito de academizarla. Reconocen así que en la UNAM hay una pugna con fuerzas y propósitos que no son académicos, pero viven tan bien de la academia que han logrado desacademizarla. Se trata de un reconocimiento tácito de que en nuestra universidad no prevalece el conocimiento ni sus reglas, sino el poder y las suyas. También reconoce que administrar el conocimiento es un impulso más poderoso, y redituable, que crearlo y transmitirlo, a tal grado que la administración puede desacademizar a la UNAM. Sin embargo, la misma UNAM propició su desacademización inventando una categoría anómala: el académico administrativo, cuyo poder administrativo es tal que puede manipular, averiar y desvirtuar proyectos académicos sin pedirle permiso a nadie y sin que nadie lo evalúe.
Que la administración del conocimiento ha desplazado la creación y transmisión de conocimiento se comprueba todos los días en la UNAM, en las más variadas situaciones. Un investigador que juntó méritos durante 18 años para llegar a titular B, puede amanecer mañana como vecino de otro titular B cuyo único mérito es ser amigo del director. Un grupo de académicos crea una revista especializada y a base de trabajo logra que se le otorgue reconocimiento internacional. Llega un académico administrativo que se la expropia porque sí, porque los otros le caen gordos o porque necesita darle la chamba a un amigo. Desacademizar siempre se hace a nombre de la academización.
Una administración que prescinde de las reglas gobierna a una comunidad científica, que vive de reglas. Principales entre ellas son las que determinan la constante evaluación del conocimiento que genera y que transmite. Esto coloca en mala situación la funcionalidad de la academia en general y la práctica de la evaluación en particular. Sobre el saber susceptible de ser evaluado objetivamente, se privilegia un poder que no se evalúa, sino se ejerce. La academia meritocratiza el saber, y poco puede contra un poder que burocratiza.
En México, los méritos no se consiguen, se decretan; no se examinan, se imponen. El diplomático de carrera que se ha preparado toda su vida, académicamente, para ser embajador, ve triunfar a alguien que tiene mejores calificaciones académicas que él: ser un político en desgracia. La UNAM, que debería ser la excepción, hace lo mismo: es más meritorio administrar o sindicalizar o liderear, que tener méritos académicos. Pero la administración del conocimiento no se evalúa, y la creación y transmisión de conocimiento, sí (lo que crea más burocracia). Es decir, lo que en otros ámbitos es optativo, en el académico es definitorio: la razón de ser del quehacer académico no es otra que examinar la realidad, examinarse ante la realidad y ser examinado por la realidad.
Está en nuestra tradición despreciar toda forma de evaluación, y ese desprecio se articula en los hechos. El énfasis se pone no tanto en la educación del alumno, sino en su graduación. (Por eso cada año el SNI me exige que me doctore: le interesa mi título, no mi excelencia; mi valor estadístico, no mi saber.) Este énfasis, sumado al paternalismo, colabora a la desacademización. De ahí que en las estadísticas de la UNAM, el adversario no sea tanto el bajo nivel del conocimiento, sino el alto nivel de las deserciones. Se tiene la impresión de que muchos estudiantes ven en su graduación no tanto un premio a sus conocimientos, sino a su constancia.
Del kinder al posgrado, al estudiante no se le exige mucho. Sabe que siempre hay modo de pasar un examen, de regatearlo, lloriquearlo y extraordinarearlo. (Esto ha aumentado la demanda internacional de nuestros servicios: ¡doctórese en México: es gratis, es fácil, hay playas!) Desde joven, el alumno sabe que, en el diccionario práctico de la lengua mexicana, en la entrada ``regla'' dice ``véase excepción''. Exentar un examen, no por el mérito que lo haría superfluo, sino por presión política, se llegó a considerar un acto justiciero, lo mismo que el examen extraordinario a perpetuidad.
La teoría del ``pase automático'' no es el único ejemplo de cómo el desprecio a la evaluación académica se convierte en regla desacademizante. Nunca he entendido por qué en México los pasantes pueden elegir a sus sinodales. Ni por qué el director de tesis, en vez de sentarse junto al pasante y encarar el riesgo de reprobar con él, no sólo está en el jurado, sino que lo preside. El participio mismo, pasante, no sólo es un semitítulo con valor oficial: ya tiene algo de segura causalidad. Hay una regla no escrita que dice: ``examen profesional no se reprueba''. Tampoco he entendido jamás cómo esto se convierte en costumbre de la vida académica: el examen abierto cerrado con retrato hablado ante el que el sumiso consejo interno entiende que debe ``opinar favorablemente''; o el privilegio que tiene el investigador, si llega a terminar un libro, de elegir a su dictaminador.
Pero de pronto, habituado a esta indolencia, le hablan al académico de mecanismos evaluadores objetivos. Desde luego, lo deseable sería que los criterios del SNI no apareciesen al iniciarse la carrera académica, sino desde el principio: que no fueran una aduana, sino una ruta. Súbitamente, si quiere ganar más, debe valerse por sí mismo y, peor aún, valer por sí mismo. Por primera vez, no sólo no es ascendido entre mimos de unos brazos institucionales a otros, sino que enfrenta un hecho insólito: se le trata de detener a como dé lugar. Es una situación para la que no lo preparó la vida. Descubre, aterrorizado, que esta vez no puede elegir a sus evaluadores y que las posibilidades de desacademizar son pocas, pues se enfrenta a un rigor superior a la ética: el presupuesto. El universitario enfrenta una disyuntiva: se queda como un desacadémico de sueldo escaso, pero seguro, o se somete a un examen académico. Además, si opta por la mediocridad no tendrá que demostrar con documentos probatorios que es un mediocre, se lo van a creer de entrada.
Desde luego, el desdén hacia la evaluación no es sólo el resultado de la indolencia: es expresión de un sistema académico desacademizado que rinde beneficios a la burocracia que lo administra. No importa que el sistema se desacademice y deje de funcionar para lo que debía; siempre funcionará para otra cosa. Que un sistema deje de funcionar no sólo no es un problema, sino hasta un beneficio: permite crear un nuevo sistema, un sistema potenciado, paralelo, un nuevo activo en la bolsa a la alza del poder. En nuestras universidades públicas, si algo deja de funcionar, ni se le corrige ni se le desaparece, ni se buscan responsables: se crea una entidad paralela que jura no cometer los mismos errores y luego se pone a ver cómo cometerlos. Los desastres académicos convienen: tienen soluciones políticas.
En este sentido el SNI es un sistema paralelo: suplanta las evaluaciones internas de las instituciones porque sabe que no son confiables. Como no lo puede decir abiertamente, porque las instituciones se sienten ofendidas, disfraza su desconfianza en las instituciones de aprecio a la excelencia de sus individuos. Es decir, premia a los excelentes por no decir que castiga a los indolentes. Pero esa operatividad relativiza la escala de los valores: lo que debería ser normal pasa a ser excelente, lo mediocre pasa a ser normal y lo francamente imbécil pasa a ser mediocre. Al evaluar los méritos con un rigor diferente al de los consejos internos, el SNI no sólo asume la inutilidad de éstos, su carácter desacademizado, sino su falsedad, pues en términos objetivos el resultado de una evaluación no tiene por qué ser distinto para la UNAM y para el SNI. Se asume entonces que lo que es distinto no es la evaluación, sino la honestidad académica con que la hace el SNI y la deshonestidad desacadémica con la que la hacen los consejos internos. En este sentido el PRIDE, el sistema de estímulos interno de la UNAM, ya no es un sistema paralelo, sino esquizofrénico: es decir, un desdoblamiento de sí mismo. Sin arbitraje ni criterios exteriores de excelencia, evalúa dentro de la UNAM, pero con un rigor distinto al de la UNAM: el consejo interno puede aprobar un informe que el PRIDE descalifica. En este sentido, el argumento clásico que se esgrimía cuando nació el PRIDE, que decía: ``si mi desempeño es bueno para el consejo interno debe ser bueno para el PRIDE'', es en principio irrebatible. El SNI se asume así como una suerte de conciencia honesta, académica, de la desacademizada UNAM. Más que apoyar a los académicos de excelencia, el SNI reconoce a los académicos que no es necesario academizar; más que destacar a los mejores, pone en evidencia a los que se beneficiaron de la indolencia de una universidad desacademizada.
De cualquier modo, el enfrentamiento entre una fuerza expansiva desacademizada (UNAM), y una fuerza restrictiva academizante (SNI) es delicado. Como en todo sistema que maneje un doble estándar de valores (a saber: el mismo producto es bueno para la UNAM y malo para el SNI), el equilibrio es precario. El descontento se agudiza además porque la academia es evaluable y la desacademia no, lo que le carga la mano burocrática a los excelentes que van a la vanguardia estableciendo el estándar de la excelencia, tratando de huir de la desacademia, que avanza sola, uncida al vagón de la burocracia.
Un sistema de doble estándar sólo sirve para cancelar el uso de dobles estándares: o hay excelencia o hay indolencia. Es absurdo que el SNI premie lo que se escapa del promedio, si no hay un movimiento simultáneo que mejore al promedio; o que se reconozca como un paliativo para un mal conservándose indiferente a las causas de ese mal. No puede subsistir premiando la excelencia y a la vez tolerando la indolencia porque las presiones para desacademizar la academia son mucho mayores que las contrarias. Debería entenderse no sólo como un sistema de evaluación de individuos academizados, sino como una descalificación de un sistema académico tan desacademizado que hace necesario al SNI.
De perpetuarse, el SNI corre el riesgo de también desacademizarse. Si el SNI nos reconoce como inteligentes, el SNI que nos evalúa se obliga a ser más inteligente que nosotros. Pero hoy por hoy, las presiones para que se esniícen los criterios de los consejos internos son mucho menores a las presiones para que se consejointernicen los criterios del SNI. Que el SNI otorgue puntos por labores administrativas, ya abre la puerta a la desacademización. Debería haber un SNU, Sistema Nacional de Universidades, que evaluara los modos de evaluar, internos, de las universidades, y que acabara con las prácticas desacademizantes institucionalizadas. Como esto no se puede hacer, porque va contra el poder desacademizante de los burócratas, el SNI fabrica SNIs internos: nuevos niveles y nuevos emeritazgos, o que tome como referencia evaluaciones ajenas a la desacademia nacional: los méritos conseguidos en el extranjero, donde el SNI parece creer que la objetividad evaluadora es mayor que la nacional (como si los académico-administrativos, en feliz trueque, no se cansaran de publicar en revistas extranjeras a cambio de invitar al editor a visitar México, todo pagado).
Además, al sentir la fiebre del virus de la excelencia, las universidades han soltado millones de anticuerpos: facilidades sin fin para publicar, doctorar, dictaminar, conferenciar, premiar, enseñar, comiterear, sinoladear, coordinar, en pos de los puntos acumulables. En la medida que el SNI y el PRIDE ponen más y más exámenes, la UNAM aporta más y más acordeones: se estimula el esfuerzo individual por producir más y mejor, pero a la vez disminuyen las exigencias de calidad a nombre de la evidencia de cantidad. El desempeño es más abundante, pero menos excelente.
Academizar a la academia se antoja tan absurdo como relativizar la relatividad. No es tan absurdo si se considera que vivimos en un país en el que desde hace sesenta años se democratiza la democracia. La única diferencia con el PRI es que se supone que nosotros somos inteligentes. En este sentido, al SNI le urge lo que se proponía el comité de paz de Bertrand Russell: desaparecer, su única prueba de éxito sería desaparecer.
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martes, 21 de octubre de 2008
La UNAM en los rankings internacionales, por R. Rodríguez Gómez
Rodríguez Gómez es investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM especializado en problemas de la educación superior. Recomendamos visitar su blog: http://rodriguez.blogsome.com/campus-153/
Primera parte
La semana pasada se dio a conocer que la edición 2005 de los World University Rankings, del Times Higher Education Supplement (THES), ubicó a la Universidad Nacional Autónoma de México en el lugar 95 de la lista general, en el 20 de la lista de Humanidades y Artes, y en el 93 de la lista de Ciencias. Sobresale que la UNAM fue clasificada cien puestos por encima del ocupado hace apenas un año. Desde el 2 de noviembre la noticia fue ampliamiente difundida en noticieros de radio y televisión, ocupó titulares de primera plana en los diarios de cobertura nacional y ha sumado hasta la fecha más de un centenar de notas en la prensa del país y en el extranjero. Para acabar pronto, una noticia muy importante.
No es para menos. Hace apenas cinco años la Universidad Nacional, recién salida de la huelga estudiantil de 1999-2000, era objeto de críticas que cuestionaban, en primer lugar, su condición de liderazgo académico nacional y su capacidad de proyección de los cuadros profesionales requeridos para el desarrollo del país. No es el caso repetir aquel debate, sino contrastar el ambiente de opinión pública de entonces y el de ahora. Sin duda, la estrategia de reponer el prestigio de la principal casa de estudios del país ha rendido buenos frutos, estableciendo bases para impulsar proyectos académicos relevantes, así como mejores condiciones de trato en la negociación del subsidio gubernamental.
No carece de interés, sin embargo, examinar qué son y qué miden los rankings del THES y cómo se comparan con otros sistemas de clasificación. Conviene aclarar, en primer término, que el Times Higher Education Supplement no es parte del diario británico The Times, aunque tuvo su origen en ese medio. En 1971 la empresa editorial Thompson, entonces dueña del periódico, creó el suplemento como una estrategia de diferenciación del exitoso Times Education Supplement (TES), cuya trayectoria inició en la primera década del siglo XX. Diez años más tarde, el Times fue comprado por la News Corporation, la cual integró una subsidiaria con el conjunto de suplementos del diario, la Times Supplements Ltd. En 1999 la subsidiaria se independizó del periódico, aunque se mantuvo como empresa dependiente del mismo grupo propietario. Por último, este año fue vendida al holding financiero Exponent Private Equity.
Los rankings del THES, a diferencia de otros sistemas internacionales de clasificación, otorgan el mayor peso relativo a las variables de prestigio. En ambas ediciones (2004 y 2005) la valoración de las instituciones por académicos y especialistas representó el cincuenta por ciento del. En 2004 la categoría “puntaje por pares” (peer review score) asignó a la UNAM 68 de 1000 puntos posibles, mientras que en 2005 el mismo criterio dio a la institución mexicana 33 de 100 puntos. Una diferencia muy notable.
La edición 2005 añadió una nueva variable, la opinión de los empleadores, en ella la UNAM obtuvo 9 de 100 puntos. Esta última calificación, determinada por un grupo de opinión seleccionado por la empresa QS Ltd (Quacquarelli Symonds), permitió a la UNAM despegarse de otras universidades de la región iberoamericana. La Autónoma de Madrid, clasificada en el lugar 183, obtuvo 29 puntos en la percepción de pares académicos y cero a criterio de los empeadores. La de Sao Paulo, ubicada en el sitio 196, obtuvo 28 puntos en la opinión de pares y también cero en la de empleadores.
Los editores alegan que el juicio de empleadores hace más robusto el sistema de evaluación. Pero también reconocen posibilidades de sesgo, dado que el grupo encargado de opinar sobre el desempeño de las instituciones universitarias se limita a una selección de altos ejecutivos en empresas de tipo global. Con todo, no es para nada despreciable el dato según el cual la Universidad Nacional es bien valorada tanto por académicos como por empresarios en México y el extranjero, sobre todo en la medida en que dicha opinión refleja la fortaleza académica conseguida por la institución.
El resto de los indicadores en la clasificación THES se refiere a datos de insumo-producto de las instituciones: Por un lado, la proporción de académicos y estudiantes extranjeros. Por otro, la proporción entre planta docente y estudiantes, así como la propoción de citas académicas en índices internacionales contra el número de académicos contratados. La calificación de la UNAM en grado de internacionalización es pobre tanto en el aspecto de planta académica extranjera, tres puntos, como en la proporción de estudiantes extranjeros, un punto. Cabe aclarar que la estrategia de internacionalización de la Universidad Nacional no ha reposado en esos aspectos y que la magnitud de la institución difícilmente hará mejorar tales indicadores a corto plazo.
El indicador que se refiere a la proporción entre el número de académicos y el de estudiantes dio una ventaja significativa a la UNAM. La variable otorga puntos a menor proporción de estudiantes por profesor. Al respecto, la institución obtuvo 25 de 100 puntos posibles, mientras la Autónoma de Madrid nueve puntos y la de Sao Paulo ocho en la misma escala. Esta ventaja actuó en sentido contrario a la hora de medir la relación de citas académicas contra el volumen de profesores e investigadores. Mientras la Autónoma de Madrid alcanzó un puntaje de seis y la de San Paulo de tres, la UNAM no obtuvo puntos en ese registro. El informe reconoce las limitaciones de la medición porque subestima la producción académica de las universidades con planteles docentes de gran tamaño, como es evidentemente el caso de la Universidad Nacional. Una medición más fina, que distinguiera al plantel académico de tiempo completo del profesorado por horas, se ajustaría mucho mejor a la realidad de las universidades.
Queda por examinar las puntuaciones por áreas en los rankings THES, así como considerar el sistema de clasificación elaborado por el Instituto de Educación Superior de la Universidad Jiao Tong de Shanghai. Lo vemos la próxima semana.
Publicado en Campus Milenio, núm. 153, 10 de noviembre de 2005
Primera parte
La semana pasada se dio a conocer que la edición 2005 de los World University Rankings, del Times Higher Education Supplement (THES), ubicó a la Universidad Nacional Autónoma de México en el lugar 95 de la lista general, en el 20 de la lista de Humanidades y Artes, y en el 93 de la lista de Ciencias. Sobresale que la UNAM fue clasificada cien puestos por encima del ocupado hace apenas un año. Desde el 2 de noviembre la noticia fue ampliamiente difundida en noticieros de radio y televisión, ocupó titulares de primera plana en los diarios de cobertura nacional y ha sumado hasta la fecha más de un centenar de notas en la prensa del país y en el extranjero. Para acabar pronto, una noticia muy importante.
No es para menos. Hace apenas cinco años la Universidad Nacional, recién salida de la huelga estudiantil de 1999-2000, era objeto de críticas que cuestionaban, en primer lugar, su condición de liderazgo académico nacional y su capacidad de proyección de los cuadros profesionales requeridos para el desarrollo del país. No es el caso repetir aquel debate, sino contrastar el ambiente de opinión pública de entonces y el de ahora. Sin duda, la estrategia de reponer el prestigio de la principal casa de estudios del país ha rendido buenos frutos, estableciendo bases para impulsar proyectos académicos relevantes, así como mejores condiciones de trato en la negociación del subsidio gubernamental.
No carece de interés, sin embargo, examinar qué son y qué miden los rankings del THES y cómo se comparan con otros sistemas de clasificación. Conviene aclarar, en primer término, que el Times Higher Education Supplement no es parte del diario británico The Times, aunque tuvo su origen en ese medio. En 1971 la empresa editorial Thompson, entonces dueña del periódico, creó el suplemento como una estrategia de diferenciación del exitoso Times Education Supplement (TES), cuya trayectoria inició en la primera década del siglo XX. Diez años más tarde, el Times fue comprado por la News Corporation, la cual integró una subsidiaria con el conjunto de suplementos del diario, la Times Supplements Ltd. En 1999 la subsidiaria se independizó del periódico, aunque se mantuvo como empresa dependiente del mismo grupo propietario. Por último, este año fue vendida al holding financiero Exponent Private Equity.
Los rankings del THES, a diferencia de otros sistemas internacionales de clasificación, otorgan el mayor peso relativo a las variables de prestigio. En ambas ediciones (2004 y 2005) la valoración de las instituciones por académicos y especialistas representó el cincuenta por ciento del. En 2004 la categoría “puntaje por pares” (peer review score) asignó a la UNAM 68 de 1000 puntos posibles, mientras que en 2005 el mismo criterio dio a la institución mexicana 33 de 100 puntos. Una diferencia muy notable.
La edición 2005 añadió una nueva variable, la opinión de los empleadores, en ella la UNAM obtuvo 9 de 100 puntos. Esta última calificación, determinada por un grupo de opinión seleccionado por la empresa QS Ltd (Quacquarelli Symonds), permitió a la UNAM despegarse de otras universidades de la región iberoamericana. La Autónoma de Madrid, clasificada en el lugar 183, obtuvo 29 puntos en la percepción de pares académicos y cero a criterio de los empeadores. La de Sao Paulo, ubicada en el sitio 196, obtuvo 28 puntos en la opinión de pares y también cero en la de empleadores.
Los editores alegan que el juicio de empleadores hace más robusto el sistema de evaluación. Pero también reconocen posibilidades de sesgo, dado que el grupo encargado de opinar sobre el desempeño de las instituciones universitarias se limita a una selección de altos ejecutivos en empresas de tipo global. Con todo, no es para nada despreciable el dato según el cual la Universidad Nacional es bien valorada tanto por académicos como por empresarios en México y el extranjero, sobre todo en la medida en que dicha opinión refleja la fortaleza académica conseguida por la institución.
El resto de los indicadores en la clasificación THES se refiere a datos de insumo-producto de las instituciones: Por un lado, la proporción de académicos y estudiantes extranjeros. Por otro, la proporción entre planta docente y estudiantes, así como la propoción de citas académicas en índices internacionales contra el número de académicos contratados. La calificación de la UNAM en grado de internacionalización es pobre tanto en el aspecto de planta académica extranjera, tres puntos, como en la proporción de estudiantes extranjeros, un punto. Cabe aclarar que la estrategia de internacionalización de la Universidad Nacional no ha reposado en esos aspectos y que la magnitud de la institución difícilmente hará mejorar tales indicadores a corto plazo.
El indicador que se refiere a la proporción entre el número de académicos y el de estudiantes dio una ventaja significativa a la UNAM. La variable otorga puntos a menor proporción de estudiantes por profesor. Al respecto, la institución obtuvo 25 de 100 puntos posibles, mientras la Autónoma de Madrid nueve puntos y la de Sao Paulo ocho en la misma escala. Esta ventaja actuó en sentido contrario a la hora de medir la relación de citas académicas contra el volumen de profesores e investigadores. Mientras la Autónoma de Madrid alcanzó un puntaje de seis y la de San Paulo de tres, la UNAM no obtuvo puntos en ese registro. El informe reconoce las limitaciones de la medición porque subestima la producción académica de las universidades con planteles docentes de gran tamaño, como es evidentemente el caso de la Universidad Nacional. Una medición más fina, que distinguiera al plantel académico de tiempo completo del profesorado por horas, se ajustaría mucho mejor a la realidad de las universidades.
Queda por examinar las puntuaciones por áreas en los rankings THES, así como considerar el sistema de clasificación elaborado por el Instituto de Educación Superior de la Universidad Jiao Tong de Shanghai. Lo vemos la próxima semana.
Publicado en Campus Milenio, núm. 153, 10 de noviembre de 2005
lunes, 20 de octubre de 2008
Invitación
Se nos ha ocurrido a un grupo de colegas crear este blog para discutir en él cualquier asunto relacionado con los "pilones" que los académicos recibimos por parte de nuestras instituciones de adscripción (como el PRIDE en la UNAM) o del Sistema Nacional de Investigadores del CONACYT.
La apuesta es que pueda servir como un instrumento de crítica y de autocrítica para mejorar, hasta donde sea posible, la forma de funcionar de estos procedimientos que, para muchos de nosotros, al día de hoy, significan un porcentaje cada vez más elevado de nuestros ingresos como académicos.
Creemos que es justo que el principio que rige estos mecanismos parta de la idea de que a mayor esfuerzo debe corresponder un mayor ingreso. Pero también creemos que hay aspectos de la instrumentación de esos programas que a veces deja mucho que desear. Una cosa extraña es que las frecuentes e intensas discusiones sobre dichos programas en general se llevan a cabo en privado, en lugar de ventilarse públicamente, por lo que parecería prudencia o hasta miedo.
Por lo mismo, este blog se deberá interesar en recopilar y reproducir las discusiones públicas que se den a conocer, o ya se hayan dado a conocer, en los medios públicos, y después en propiciar su discusión entre los que se supone que formamos parte de la comunidad académica mexicana.
Esperamos ir reuniendo información relacionada con los "pilones" y que haya una reacción positiva en la comunidad académica. Una reacción que, esperamos, sea constructiva y positiva.
Un saludo fraternal,
"Colectivo Los Piloncillos".
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