El Dr. René Drucker es un personaje controvertido. Decidimos publicarlo porque ganó por un solo voto y porque, a fin de cuentas, queremos ser plurales. Pero de todos modos creemos que le haría mucho más bien a la ciencia si lograra estar menos “intervenido” por un discurso ideológico que le reste objetividad (según algunos de nosotros).
He aquí lo que declaró sobre el SNI y otros asuntos en la Gaceta 27 del CICESE, allá por el año 2000. De todos modos creemos (o algunos de nosotros lo creen) que es actual:
El futuro de la ciencia en México.
El Dr. Raúl René Drucker Colín -coordinador de la Investigación Científica de la UNAM y presidente de la Academia Mexicana de Ciencias- posee una personalidad atlética y controvertida. Sus comentarios lo mismo suscitan aplausos y sonrisas que ceños desaprobatorios. Así lo percibimos durante su fugaz participación en el primer Encuentro de Egresados del CICESE que tuvo lugar el 18 de septiembre, en el marco del XXVII aniversario del Centro.
Para empezar dijo desconocer por qué fue invitado "si no soy egresado del CICESE y tampoco fui becario del CONACYT". Esto último en alusión a la presentación previa de la maestra en ingeniería Claudia N. González Brambila, directora adjunta de Asuntos Internacionales y Becas del CONACYT, acerca de los "30 años de becas del CONACYT".
Al tomar el micrófono, René Drucker recapituló acerca de las opiniones divididas del público respecto al monto de las becas y otros indicadores. "Son insuficientes para el becario y su familia, tenemos que vivir como pránganas. No es cierto, no vivimos así; el monto es suficiente": decían unas voces; otras, desmentían. "Bueno - dijo Drucker Colín - hay una buena y una mala noticia respecto a las becas. La buena es que ahora estamos seguros de que el CONACYT da becas MMC, o sea, Mientras Me Caso; dicen que el número de becarios solteros es altísimo, entonces, el programa es exitoso porque no permite buscar marido o mujer. La mala noticia tiene que ver con la fuga de cerebros. CONACYT dice que sólo 5% de los 100 000 becarios (que ha tenido en 30 años) se ha quedado en el extranjero; sin embargo, hay que destacar que 20% de esos 100 000 becarios son de doctorado y para que un investigador sea contratado en el extranjero debe ser doctor, por lo tanto, la fuga de cerebros es mayor: 25% de nuestros doctores está fuera".
La ciencia básica debe ser el eje del sistema científico nacional
Tras este preámbulo, René Drucker habló del futuro de la ciencia en México, de las acciones que la Academia Mexicana de Ciencias (AMC) está impulsando y conminó a la comunidad científica bajacaliforniana para que se organice y pronuncie respecto al qué hacer para que se mejore el sistema científico nacional. "Todos estamos conscientes de que a pesar de algunos esfuerzos significativos, la ciencia en México se inició gracias a individuos que en las disciplinas que desarrollaban lograron tener seguidores. En lo personal recuerdo a mi maestro, Raúl Hernández Peón, impulsor de la neurofisiología en la década de los cincuenta. Esos pioneros forjaron generaciones de científicos, pero el sistema científico mexicano creció poco a poco y debió hacerse un mayor esfuerzo nacional. Hemos llegado a este fin de siglo con un sistema científico que de alguna manera ya se profesionalizó, ya entendió cuál es su función y qué tiene que hacer.
"Tenemos un CONACYT que a pesar de sus fallos tiene aciertos y también se ha profesionalizado pero tiene poco dinero porque el gobierno no lo ha apoyado suficientemente para el sistema científico crezca y que los nuevos doctores tengan lo necesario para empezar su trabajo. El gobierno no ha apoyado lo suficiente: existe una estructura de dificultades más que de apoyos. En Alemania, por ejemplo, existen los Max Planck a través de los cuales dan dinero de forma casi irrestricta para la investigación. Es un sistema abierto que en once años ha dado a Alemania diez premios Nobel, lo cual es sorprendente. Desafortunadamente, la ciencia es cara, sin embargo, también es el motor del desarrollo, pero el sistema científico necesita apoyarse y crecer más. A pesar de las dificultades con que trabajan los científicos nacionales, sus investigaciones son de alta calidad. Yo creo que el producto de la ciencia mexicana es excelente; no hay duda respecto a la calidad de los científicos sino a la cantidad: somos muy pocos, y para muestra un botón".
"Según el Science Citation Index, en 1997 se publicaron en el mundo 940 000 trabajos, de los cuales 22 000 correspondían a América Latina y subía a 40 000 con España. Esto es grave porque si mañana se murieran todos los científicos iberoamericanos, en el mundo de la ciencia no pasaría nada pero sí sería terrible para países como México porque hemos construido un excelente sistema científico mexicano, con grandes esfuerzos, y vale la pena no solo conservarlo sino hacerlo crecer. Creo que es en lo que deberíamos estar pensando los mexicanos respecto a la ciencia. Creo que aparte de hacer ciencia - que la hacen muy bien - pero no podemos tener un impacto en el país si tenemos 7 500 científicos en el Sistema Nacional de Investigadores (SNI), con esa cantidad no vamos a ningún lado. Además, el promedio de edad de los SNI 3 está en la edad prostática, es decir, tiene 60 años, y el promedio de los SNI 1 está por llegar a dicha edad, tiene 44 años".
"Con estos números no podemos hacer nada, debe crecer el número de científicos y traerse a los que están fuera. El esfuerzo del CONACYT por repatriarlos ha sido bueno pero tímido. Lo único que les promete es pagarles a tiempo, pero para incentivarlos debería ofrecerles 100 000 dólares para que regresen y monten sus laboratorios, y si es matemático o filósofo pues con papel y lápiz es suficiente - bromea Ducker -".
Hacer grilla
"Por eso - continuó Drucker Colín - la academia, las instituciones de educación superior, los centros SEP-CONACYT necesitamos hacer grilla, hacer política; necesitamos tomarnos el tiempo para participar y hacer que nos escuchen. Ya lo dice el dicho: 'santo que no es visto, santo que no es adorado'. Hay que estar presentes, luchando, participando, hay que empujar. Nuestra actividad es muy importante para el desarrollo del país, necesitamos crecer y tener en los próximos 15 años alrededor de 40 000 científicos. Necesitamos hacer un gran esfuerzo cada quien en su lugar, en su estado y por eso los quiero invitar a que formen parte de la Academia Mexicana de Ciencias, creo que ésta puede ser un instrumento adecuado para que los científicos sean escuchados. Desde que asumí la presidencia de la AMC (27 de marzo de 2000) he impulsado las coordinaciones regionales y he cambiado los estatutos para que éstas tengan representatividad en las reuniones de la mesa directiva en el D. F. Esto puede darse si hay participación en cada estado, en cada región, en cada dependencia para crecer y formar un gran grupo, que pueda tener influencia en su dependencia, región , estado, país para seguir creciendo. Hay que hacer entender a las autoridades estatales y federales que el único camino para el desarrollo de este país es la ciencia y la tecnología. Hay que apoyar por encima de todo a la ciencia básica porque de ella derivarán las aplicaciones; debemos fortalecer las instituciones de educación superior, crecer nuestro sistema científico nacional porque si no este barco en el que todos estamos terminará por hundirse.
"El gobierno entrante no sabe muy bien qué hacer con la ciencia - continuó el presidente de la AMC - pero quizá estemos frente a una oportunidad de ser escuchados, vale la pena intentarlo. Diré algo que no siempre es bien visto, pero yo creo que la ciencia básica es la que debe apoyarse a costa de todo, no quiero decir que únicamente pero tienen que entender que la ciencia aplicada no es el único camino a cultivar. Sé que durante el gobierno de Vicente Fox en Guanajuato se duplicó el presupuesto del Consejo Estatal de Ciencia, pero la mayoría de los proyectos apoyados fueron para resolver problemas agrícolas y ganaderos de la región. Sabemos que esto es necesario pero no debe ser el eje de todo el sistema científico nacional".
Dos propuestas
Antes de concluir su participación, el Dr. René Drucker Colín exhortó a todos para que participen en la AMC que cuenta con siete secciones regionales y algunas - como la noroeste - aún no se constituyen. "La Academia quiere participar activamente para impulsar la ciencia nacional e impactar en la política científica. Sabemos que los científicos están bajo la presión de los 'tortibonos' (por cierto hay que modificar el SNI con una política más inteligente) pero dense tiempo para juntarse, impulsar la actividad científica y convencer a la sociedad, a los empresarios, a los políticos de que la ciencia es fundamental para el desarrollo del país. Si no, caeremos en el olvido y no se incrementará el 0.4% del Producto Interno Bruto que actualmente se dedica a la ciencia. Es responsabilidad de todos hacernos presentes de manera académicamente activa y mostrar el valor que tiene la comunidad científica, no como una propuesta gremial sino como una defensa del desarrollo de la ciencia que es el motor para el desarrollo de la nación.
Reflexiónenlo, piénsenlo. Yo creo que si todos participamos y hacemos lo que debemos hacer, en los próximos diez años, posiblemente la ciencia mexicana tenga un horizonte distinto al que tenemos en este momento".
Crear una Secretaría de Ciencia y Tecnología, un error
Al terminar la presentación del Dr. René Drucker Colín, TODoS@CICESE lo entrevistó brevemente:
¿Cuál es su opinión respecto a la posible creación de una Secretaría de Ciencia y Tecnología, según lo ha expresado el presidente electo Vicente Fox?
Ya lo he dicho en otros foros y lo reitero: Sería una tontería. Sería un error, por lo menos en este momento, porque sólo pondría a las estrategias de ciencia y tecnología a competir por recursos con otras Secretarías. Lo que se requiere es que el CONACYT se convierta en un organismo independiente – como el Instituto Federal Electoral, por ejemplo – que pueda efectivamente llevar a cabo los planes de desarrollo acordados con el Ejecutivo, con estrategias de mediano y largo plazo y con decisiones colegiadas para evitar la discrecionalidad.
En esta apertura anunciada por Vicente Fox para que la gente se pronuncie ¿la Academia ha buscado o ha logrado reunirse con el presidente electo o el equipo de transición?
"Bueno, yo no mandé mi curriculum", bromea primero y responde: "Mandamos una carta solicitando una entrevista con Fox, él no nos respondió pero yo logré entrevistarme con Maricarmen Díaz, expresidenta de la Comisión de Ciencia y Tecnología en la Cámara de Diputados e integrante del gabinete de transición, y el jueves próximo (la entrevista fue el lunes 18 de septiembre) aparentemente se reunirá un consejo consultivo de transición, al cual - me acabo de enterar - pertenezco. La verdad no sé quiénes están ahí ni qué se quiere hacer. No sé nada. No hemos logrado entrevista con el gabinete de transición salvo la reunión que tuve con Maricarmen hace cosa de un mes.
¿Y, cuál fue el panorama? Obviamente no será un gobierno paternalista.
Mira, es sumamente difícil. La verdad no tengo idea; no dan luces, no sé cuál es su idea. Entiendo que la transición toma tiempo, desafortunadamente la ciencia no está en las primeras planas por eso hay que esperar; quizá antes del 1 de diciembre sepamos algo.
Mencionaste que durante el gobierno de Vicente Fox en Guanajuato, la mayoría de los apoyos en ciencia y tecnología fue para solucionar problemas inmediatos y regionales. ¿Crees que la tendencia sea hacia un mayor apoyo a la ciencia aplicada?
Espero que no, sería gravísimo. Por su puesto no hay que desatender esa parte, pero hay que hacer ciencia básica, investigación fundamental, la que genera el nuevo conocimiento. Necesitamos crecer científicamente no generar grupos de investigación aplicada para resolver problemas. La ciencia no puede dedicarse a ver cuáles son los problemas que hay y buscarles solución. Eso lo intentó Nueva Zelanda hace 20 años y tuvo que dar marcha atrás porque estaba desmantelándose su sistema científico; además, afecta la formación de recursos humanos y en la educación superior. Tú no puedes agarrar a la ciencia y decirle dedícate a resolver los problemas que en este momento tenemos si a la mejor ni siquiera tiene los instrumentos para hacerlo. Esas son cosas de empresarios, la ciencia puede dar soluciones con base en el conocimiento que genera. Pero es una cadenita: ciencia básica, ciencia aplicada, innovación.
Hace falta la participación de los empresarios.
Desde luego, pero a los empresarios mexicanos no les interesa apoyar la investigación. Ellos compran la tecnología y creen que así resuelven todo pero no se dan cuenta que las nuevas tecnologías pronto se vuelven obsoletas. Los mexicanos debemos crear nuestro propio sistema tecnológico y así nos moveremos mejor. Hay que estimular la creatividad más que comprar tecnologías que son rápidamente superadas.
¿Cómo crear una cultura de la innovación?
Creo que si crece el sistema científico mexicano será un proceso que solito se irá dando. Claro, hay que darle instrumentos, hay que dar incentivos fiscales a las empresas para que se animen a hacer desarrollos tecnológicos con base en los conocimientos generados por los institutos de investigación, los centros SEP -CONACYT. Los empresarios deben ver que los conocimientos se pueden aplicar, que sus productos pueden mejorar significativamente, que son más competitivos que generan más fuentes de trabajo y que, así, la economía se va moviendo.
Esto no es un secreto, lo hizo Japón, lo está haciendo España; todos los países desarrollados lo han hecho ¿por qué México no lo puede hacer? El camino está dado, esto debe darse para que la economía se mueva.
Respecto a que los científicos deben hacerse ver y escuchar, ¿crees que es una opinión compartida por toda la comunidad científica?
Desgraciadamente no. A veces los espacios que tenemos los científicos son pocos, pero también hay muchos científicos que sienten que no deben ir a los medios; al contrario, hay que estar presentes y no necesariamente para estar hablando de su investigación en particular sino de lo importante que es la ciencia y del papel que ésta tiene en la sociedad.
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miércoles, 5 de noviembre de 2008
jueves, 23 de octubre de 2008
El SNI debe desaparecer, por G. Sheridan
Este artículo de Guillermo Sheridan apareció en La Jornada Semanal en 1997. ¿Continúa vigente?
El SNI debe desaparecer
La UNAM es una universidad tan peculiar que cada tanto tiempo sus rectores anuncian el propósito de academizarla. Reconocen así que en la UNAM hay una pugna con fuerzas y propósitos que no son académicos, pero viven tan bien de la academia que han logrado desacademizarla. Se trata de un reconocimiento tácito de que en nuestra universidad no prevalece el conocimiento ni sus reglas, sino el poder y las suyas. También reconoce que administrar el conocimiento es un impulso más poderoso, y redituable, que crearlo y transmitirlo, a tal grado que la administración puede desacademizar a la UNAM. Sin embargo, la misma UNAM propició su desacademización inventando una categoría anómala: el académico administrativo, cuyo poder administrativo es tal que puede manipular, averiar y desvirtuar proyectos académicos sin pedirle permiso a nadie y sin que nadie lo evalúe.
Que la administración del conocimiento ha desplazado la creación y transmisión de conocimiento se comprueba todos los días en la UNAM, en las más variadas situaciones. Un investigador que juntó méritos durante 18 años para llegar a titular B, puede amanecer mañana como vecino de otro titular B cuyo único mérito es ser amigo del director. Un grupo de académicos crea una revista especializada y a base de trabajo logra que se le otorgue reconocimiento internacional. Llega un académico administrativo que se la expropia porque sí, porque los otros le caen gordos o porque necesita darle la chamba a un amigo. Desacademizar siempre se hace a nombre de la academización.
Una administración que prescinde de las reglas gobierna a una comunidad científica, que vive de reglas. Principales entre ellas son las que determinan la constante evaluación del conocimiento que genera y que transmite. Esto coloca en mala situación la funcionalidad de la academia en general y la práctica de la evaluación en particular. Sobre el saber susceptible de ser evaluado objetivamente, se privilegia un poder que no se evalúa, sino se ejerce. La academia meritocratiza el saber, y poco puede contra un poder que burocratiza.
En México, los méritos no se consiguen, se decretan; no se examinan, se imponen. El diplomático de carrera que se ha preparado toda su vida, académicamente, para ser embajador, ve triunfar a alguien que tiene mejores calificaciones académicas que él: ser un político en desgracia. La UNAM, que debería ser la excepción, hace lo mismo: es más meritorio administrar o sindicalizar o liderear, que tener méritos académicos. Pero la administración del conocimiento no se evalúa, y la creación y transmisión de conocimiento, sí (lo que crea más burocracia). Es decir, lo que en otros ámbitos es optativo, en el académico es definitorio: la razón de ser del quehacer académico no es otra que examinar la realidad, examinarse ante la realidad y ser examinado por la realidad.
Está en nuestra tradición despreciar toda forma de evaluación, y ese desprecio se articula en los hechos. El énfasis se pone no tanto en la educación del alumno, sino en su graduación. (Por eso cada año el SNI me exige que me doctore: le interesa mi título, no mi excelencia; mi valor estadístico, no mi saber.) Este énfasis, sumado al paternalismo, colabora a la desacademización. De ahí que en las estadísticas de la UNAM, el adversario no sea tanto el bajo nivel del conocimiento, sino el alto nivel de las deserciones. Se tiene la impresión de que muchos estudiantes ven en su graduación no tanto un premio a sus conocimientos, sino a su constancia.
Del kinder al posgrado, al estudiante no se le exige mucho. Sabe que siempre hay modo de pasar un examen, de regatearlo, lloriquearlo y extraordinarearlo. (Esto ha aumentado la demanda internacional de nuestros servicios: ¡doctórese en México: es gratis, es fácil, hay playas!) Desde joven, el alumno sabe que, en el diccionario práctico de la lengua mexicana, en la entrada ``regla'' dice ``véase excepción''. Exentar un examen, no por el mérito que lo haría superfluo, sino por presión política, se llegó a considerar un acto justiciero, lo mismo que el examen extraordinario a perpetuidad.
La teoría del ``pase automático'' no es el único ejemplo de cómo el desprecio a la evaluación académica se convierte en regla desacademizante. Nunca he entendido por qué en México los pasantes pueden elegir a sus sinodales. Ni por qué el director de tesis, en vez de sentarse junto al pasante y encarar el riesgo de reprobar con él, no sólo está en el jurado, sino que lo preside. El participio mismo, pasante, no sólo es un semitítulo con valor oficial: ya tiene algo de segura causalidad. Hay una regla no escrita que dice: ``examen profesional no se reprueba''. Tampoco he entendido jamás cómo esto se convierte en costumbre de la vida académica: el examen abierto cerrado con retrato hablado ante el que el sumiso consejo interno entiende que debe ``opinar favorablemente''; o el privilegio que tiene el investigador, si llega a terminar un libro, de elegir a su dictaminador.
Pero de pronto, habituado a esta indolencia, le hablan al académico de mecanismos evaluadores objetivos. Desde luego, lo deseable sería que los criterios del SNI no apareciesen al iniciarse la carrera académica, sino desde el principio: que no fueran una aduana, sino una ruta. Súbitamente, si quiere ganar más, debe valerse por sí mismo y, peor aún, valer por sí mismo. Por primera vez, no sólo no es ascendido entre mimos de unos brazos institucionales a otros, sino que enfrenta un hecho insólito: se le trata de detener a como dé lugar. Es una situación para la que no lo preparó la vida. Descubre, aterrorizado, que esta vez no puede elegir a sus evaluadores y que las posibilidades de desacademizar son pocas, pues se enfrenta a un rigor superior a la ética: el presupuesto. El universitario enfrenta una disyuntiva: se queda como un desacadémico de sueldo escaso, pero seguro, o se somete a un examen académico. Además, si opta por la mediocridad no tendrá que demostrar con documentos probatorios que es un mediocre, se lo van a creer de entrada.
Desde luego, el desdén hacia la evaluación no es sólo el resultado de la indolencia: es expresión de un sistema académico desacademizado que rinde beneficios a la burocracia que lo administra. No importa que el sistema se desacademice y deje de funcionar para lo que debía; siempre funcionará para otra cosa. Que un sistema deje de funcionar no sólo no es un problema, sino hasta un beneficio: permite crear un nuevo sistema, un sistema potenciado, paralelo, un nuevo activo en la bolsa a la alza del poder. En nuestras universidades públicas, si algo deja de funcionar, ni se le corrige ni se le desaparece, ni se buscan responsables: se crea una entidad paralela que jura no cometer los mismos errores y luego se pone a ver cómo cometerlos. Los desastres académicos convienen: tienen soluciones políticas.
En este sentido el SNI es un sistema paralelo: suplanta las evaluaciones internas de las instituciones porque sabe que no son confiables. Como no lo puede decir abiertamente, porque las instituciones se sienten ofendidas, disfraza su desconfianza en las instituciones de aprecio a la excelencia de sus individuos. Es decir, premia a los excelentes por no decir que castiga a los indolentes. Pero esa operatividad relativiza la escala de los valores: lo que debería ser normal pasa a ser excelente, lo mediocre pasa a ser normal y lo francamente imbécil pasa a ser mediocre. Al evaluar los méritos con un rigor diferente al de los consejos internos, el SNI no sólo asume la inutilidad de éstos, su carácter desacademizado, sino su falsedad, pues en términos objetivos el resultado de una evaluación no tiene por qué ser distinto para la UNAM y para el SNI. Se asume entonces que lo que es distinto no es la evaluación, sino la honestidad académica con que la hace el SNI y la deshonestidad desacadémica con la que la hacen los consejos internos. En este sentido el PRIDE, el sistema de estímulos interno de la UNAM, ya no es un sistema paralelo, sino esquizofrénico: es decir, un desdoblamiento de sí mismo. Sin arbitraje ni criterios exteriores de excelencia, evalúa dentro de la UNAM, pero con un rigor distinto al de la UNAM: el consejo interno puede aprobar un informe que el PRIDE descalifica. En este sentido, el argumento clásico que se esgrimía cuando nació el PRIDE, que decía: ``si mi desempeño es bueno para el consejo interno debe ser bueno para el PRIDE'', es en principio irrebatible. El SNI se asume así como una suerte de conciencia honesta, académica, de la desacademizada UNAM. Más que apoyar a los académicos de excelencia, el SNI reconoce a los académicos que no es necesario academizar; más que destacar a los mejores, pone en evidencia a los que se beneficiaron de la indolencia de una universidad desacademizada.
De cualquier modo, el enfrentamiento entre una fuerza expansiva desacademizada (UNAM), y una fuerza restrictiva academizante (SNI) es delicado. Como en todo sistema que maneje un doble estándar de valores (a saber: el mismo producto es bueno para la UNAM y malo para el SNI), el equilibrio es precario. El descontento se agudiza además porque la academia es evaluable y la desacademia no, lo que le carga la mano burocrática a los excelentes que van a la vanguardia estableciendo el estándar de la excelencia, tratando de huir de la desacademia, que avanza sola, uncida al vagón de la burocracia.
Un sistema de doble estándar sólo sirve para cancelar el uso de dobles estándares: o hay excelencia o hay indolencia. Es absurdo que el SNI premie lo que se escapa del promedio, si no hay un movimiento simultáneo que mejore al promedio; o que se reconozca como un paliativo para un mal conservándose indiferente a las causas de ese mal. No puede subsistir premiando la excelencia y a la vez tolerando la indolencia porque las presiones para desacademizar la academia son mucho mayores que las contrarias. Debería entenderse no sólo como un sistema de evaluación de individuos academizados, sino como una descalificación de un sistema académico tan desacademizado que hace necesario al SNI.
De perpetuarse, el SNI corre el riesgo de también desacademizarse. Si el SNI nos reconoce como inteligentes, el SNI que nos evalúa se obliga a ser más inteligente que nosotros. Pero hoy por hoy, las presiones para que se esniícen los criterios de los consejos internos son mucho menores a las presiones para que se consejointernicen los criterios del SNI. Que el SNI otorgue puntos por labores administrativas, ya abre la puerta a la desacademización. Debería haber un SNU, Sistema Nacional de Universidades, que evaluara los modos de evaluar, internos, de las universidades, y que acabara con las prácticas desacademizantes institucionalizadas. Como esto no se puede hacer, porque va contra el poder desacademizante de los burócratas, el SNI fabrica SNIs internos: nuevos niveles y nuevos emeritazgos, o que tome como referencia evaluaciones ajenas a la desacademia nacional: los méritos conseguidos en el extranjero, donde el SNI parece creer que la objetividad evaluadora es mayor que la nacional (como si los académico-administrativos, en feliz trueque, no se cansaran de publicar en revistas extranjeras a cambio de invitar al editor a visitar México, todo pagado).
Además, al sentir la fiebre del virus de la excelencia, las universidades han soltado millones de anticuerpos: facilidades sin fin para publicar, doctorar, dictaminar, conferenciar, premiar, enseñar, comiterear, sinoladear, coordinar, en pos de los puntos acumulables. En la medida que el SNI y el PRIDE ponen más y más exámenes, la UNAM aporta más y más acordeones: se estimula el esfuerzo individual por producir más y mejor, pero a la vez disminuyen las exigencias de calidad a nombre de la evidencia de cantidad. El desempeño es más abundante, pero menos excelente.
Academizar a la academia se antoja tan absurdo como relativizar la relatividad. No es tan absurdo si se considera que vivimos en un país en el que desde hace sesenta años se democratiza la democracia. La única diferencia con el PRI es que se supone que nosotros somos inteligentes. En este sentido, al SNI le urge lo que se proponía el comité de paz de Bertrand Russell: desaparecer, su única prueba de éxito sería desaparecer.
El SNI debe desaparecer
La UNAM es una universidad tan peculiar que cada tanto tiempo sus rectores anuncian el propósito de academizarla. Reconocen así que en la UNAM hay una pugna con fuerzas y propósitos que no son académicos, pero viven tan bien de la academia que han logrado desacademizarla. Se trata de un reconocimiento tácito de que en nuestra universidad no prevalece el conocimiento ni sus reglas, sino el poder y las suyas. También reconoce que administrar el conocimiento es un impulso más poderoso, y redituable, que crearlo y transmitirlo, a tal grado que la administración puede desacademizar a la UNAM. Sin embargo, la misma UNAM propició su desacademización inventando una categoría anómala: el académico administrativo, cuyo poder administrativo es tal que puede manipular, averiar y desvirtuar proyectos académicos sin pedirle permiso a nadie y sin que nadie lo evalúe.
Que la administración del conocimiento ha desplazado la creación y transmisión de conocimiento se comprueba todos los días en la UNAM, en las más variadas situaciones. Un investigador que juntó méritos durante 18 años para llegar a titular B, puede amanecer mañana como vecino de otro titular B cuyo único mérito es ser amigo del director. Un grupo de académicos crea una revista especializada y a base de trabajo logra que se le otorgue reconocimiento internacional. Llega un académico administrativo que se la expropia porque sí, porque los otros le caen gordos o porque necesita darle la chamba a un amigo. Desacademizar siempre se hace a nombre de la academización.
Una administración que prescinde de las reglas gobierna a una comunidad científica, que vive de reglas. Principales entre ellas son las que determinan la constante evaluación del conocimiento que genera y que transmite. Esto coloca en mala situación la funcionalidad de la academia en general y la práctica de la evaluación en particular. Sobre el saber susceptible de ser evaluado objetivamente, se privilegia un poder que no se evalúa, sino se ejerce. La academia meritocratiza el saber, y poco puede contra un poder que burocratiza.
En México, los méritos no se consiguen, se decretan; no se examinan, se imponen. El diplomático de carrera que se ha preparado toda su vida, académicamente, para ser embajador, ve triunfar a alguien que tiene mejores calificaciones académicas que él: ser un político en desgracia. La UNAM, que debería ser la excepción, hace lo mismo: es más meritorio administrar o sindicalizar o liderear, que tener méritos académicos. Pero la administración del conocimiento no se evalúa, y la creación y transmisión de conocimiento, sí (lo que crea más burocracia). Es decir, lo que en otros ámbitos es optativo, en el académico es definitorio: la razón de ser del quehacer académico no es otra que examinar la realidad, examinarse ante la realidad y ser examinado por la realidad.
Está en nuestra tradición despreciar toda forma de evaluación, y ese desprecio se articula en los hechos. El énfasis se pone no tanto en la educación del alumno, sino en su graduación. (Por eso cada año el SNI me exige que me doctore: le interesa mi título, no mi excelencia; mi valor estadístico, no mi saber.) Este énfasis, sumado al paternalismo, colabora a la desacademización. De ahí que en las estadísticas de la UNAM, el adversario no sea tanto el bajo nivel del conocimiento, sino el alto nivel de las deserciones. Se tiene la impresión de que muchos estudiantes ven en su graduación no tanto un premio a sus conocimientos, sino a su constancia.
Del kinder al posgrado, al estudiante no se le exige mucho. Sabe que siempre hay modo de pasar un examen, de regatearlo, lloriquearlo y extraordinarearlo. (Esto ha aumentado la demanda internacional de nuestros servicios: ¡doctórese en México: es gratis, es fácil, hay playas!) Desde joven, el alumno sabe que, en el diccionario práctico de la lengua mexicana, en la entrada ``regla'' dice ``véase excepción''. Exentar un examen, no por el mérito que lo haría superfluo, sino por presión política, se llegó a considerar un acto justiciero, lo mismo que el examen extraordinario a perpetuidad.
La teoría del ``pase automático'' no es el único ejemplo de cómo el desprecio a la evaluación académica se convierte en regla desacademizante. Nunca he entendido por qué en México los pasantes pueden elegir a sus sinodales. Ni por qué el director de tesis, en vez de sentarse junto al pasante y encarar el riesgo de reprobar con él, no sólo está en el jurado, sino que lo preside. El participio mismo, pasante, no sólo es un semitítulo con valor oficial: ya tiene algo de segura causalidad. Hay una regla no escrita que dice: ``examen profesional no se reprueba''. Tampoco he entendido jamás cómo esto se convierte en costumbre de la vida académica: el examen abierto cerrado con retrato hablado ante el que el sumiso consejo interno entiende que debe ``opinar favorablemente''; o el privilegio que tiene el investigador, si llega a terminar un libro, de elegir a su dictaminador.
Pero de pronto, habituado a esta indolencia, le hablan al académico de mecanismos evaluadores objetivos. Desde luego, lo deseable sería que los criterios del SNI no apareciesen al iniciarse la carrera académica, sino desde el principio: que no fueran una aduana, sino una ruta. Súbitamente, si quiere ganar más, debe valerse por sí mismo y, peor aún, valer por sí mismo. Por primera vez, no sólo no es ascendido entre mimos de unos brazos institucionales a otros, sino que enfrenta un hecho insólito: se le trata de detener a como dé lugar. Es una situación para la que no lo preparó la vida. Descubre, aterrorizado, que esta vez no puede elegir a sus evaluadores y que las posibilidades de desacademizar son pocas, pues se enfrenta a un rigor superior a la ética: el presupuesto. El universitario enfrenta una disyuntiva: se queda como un desacadémico de sueldo escaso, pero seguro, o se somete a un examen académico. Además, si opta por la mediocridad no tendrá que demostrar con documentos probatorios que es un mediocre, se lo van a creer de entrada.
Desde luego, el desdén hacia la evaluación no es sólo el resultado de la indolencia: es expresión de un sistema académico desacademizado que rinde beneficios a la burocracia que lo administra. No importa que el sistema se desacademice y deje de funcionar para lo que debía; siempre funcionará para otra cosa. Que un sistema deje de funcionar no sólo no es un problema, sino hasta un beneficio: permite crear un nuevo sistema, un sistema potenciado, paralelo, un nuevo activo en la bolsa a la alza del poder. En nuestras universidades públicas, si algo deja de funcionar, ni se le corrige ni se le desaparece, ni se buscan responsables: se crea una entidad paralela que jura no cometer los mismos errores y luego se pone a ver cómo cometerlos. Los desastres académicos convienen: tienen soluciones políticas.
En este sentido el SNI es un sistema paralelo: suplanta las evaluaciones internas de las instituciones porque sabe que no son confiables. Como no lo puede decir abiertamente, porque las instituciones se sienten ofendidas, disfraza su desconfianza en las instituciones de aprecio a la excelencia de sus individuos. Es decir, premia a los excelentes por no decir que castiga a los indolentes. Pero esa operatividad relativiza la escala de los valores: lo que debería ser normal pasa a ser excelente, lo mediocre pasa a ser normal y lo francamente imbécil pasa a ser mediocre. Al evaluar los méritos con un rigor diferente al de los consejos internos, el SNI no sólo asume la inutilidad de éstos, su carácter desacademizado, sino su falsedad, pues en términos objetivos el resultado de una evaluación no tiene por qué ser distinto para la UNAM y para el SNI. Se asume entonces que lo que es distinto no es la evaluación, sino la honestidad académica con que la hace el SNI y la deshonestidad desacadémica con la que la hacen los consejos internos. En este sentido el PRIDE, el sistema de estímulos interno de la UNAM, ya no es un sistema paralelo, sino esquizofrénico: es decir, un desdoblamiento de sí mismo. Sin arbitraje ni criterios exteriores de excelencia, evalúa dentro de la UNAM, pero con un rigor distinto al de la UNAM: el consejo interno puede aprobar un informe que el PRIDE descalifica. En este sentido, el argumento clásico que se esgrimía cuando nació el PRIDE, que decía: ``si mi desempeño es bueno para el consejo interno debe ser bueno para el PRIDE'', es en principio irrebatible. El SNI se asume así como una suerte de conciencia honesta, académica, de la desacademizada UNAM. Más que apoyar a los académicos de excelencia, el SNI reconoce a los académicos que no es necesario academizar; más que destacar a los mejores, pone en evidencia a los que se beneficiaron de la indolencia de una universidad desacademizada.
De cualquier modo, el enfrentamiento entre una fuerza expansiva desacademizada (UNAM), y una fuerza restrictiva academizante (SNI) es delicado. Como en todo sistema que maneje un doble estándar de valores (a saber: el mismo producto es bueno para la UNAM y malo para el SNI), el equilibrio es precario. El descontento se agudiza además porque la academia es evaluable y la desacademia no, lo que le carga la mano burocrática a los excelentes que van a la vanguardia estableciendo el estándar de la excelencia, tratando de huir de la desacademia, que avanza sola, uncida al vagón de la burocracia.
Un sistema de doble estándar sólo sirve para cancelar el uso de dobles estándares: o hay excelencia o hay indolencia. Es absurdo que el SNI premie lo que se escapa del promedio, si no hay un movimiento simultáneo que mejore al promedio; o que se reconozca como un paliativo para un mal conservándose indiferente a las causas de ese mal. No puede subsistir premiando la excelencia y a la vez tolerando la indolencia porque las presiones para desacademizar la academia son mucho mayores que las contrarias. Debería entenderse no sólo como un sistema de evaluación de individuos academizados, sino como una descalificación de un sistema académico tan desacademizado que hace necesario al SNI.
De perpetuarse, el SNI corre el riesgo de también desacademizarse. Si el SNI nos reconoce como inteligentes, el SNI que nos evalúa se obliga a ser más inteligente que nosotros. Pero hoy por hoy, las presiones para que se esniícen los criterios de los consejos internos son mucho menores a las presiones para que se consejointernicen los criterios del SNI. Que el SNI otorgue puntos por labores administrativas, ya abre la puerta a la desacademización. Debería haber un SNU, Sistema Nacional de Universidades, que evaluara los modos de evaluar, internos, de las universidades, y que acabara con las prácticas desacademizantes institucionalizadas. Como esto no se puede hacer, porque va contra el poder desacademizante de los burócratas, el SNI fabrica SNIs internos: nuevos niveles y nuevos emeritazgos, o que tome como referencia evaluaciones ajenas a la desacademia nacional: los méritos conseguidos en el extranjero, donde el SNI parece creer que la objetividad evaluadora es mayor que la nacional (como si los académico-administrativos, en feliz trueque, no se cansaran de publicar en revistas extranjeras a cambio de invitar al editor a visitar México, todo pagado).
Además, al sentir la fiebre del virus de la excelencia, las universidades han soltado millones de anticuerpos: facilidades sin fin para publicar, doctorar, dictaminar, conferenciar, premiar, enseñar, comiterear, sinoladear, coordinar, en pos de los puntos acumulables. En la medida que el SNI y el PRIDE ponen más y más exámenes, la UNAM aporta más y más acordeones: se estimula el esfuerzo individual por producir más y mejor, pero a la vez disminuyen las exigencias de calidad a nombre de la evidencia de cantidad. El desempeño es más abundante, pero menos excelente.
Academizar a la academia se antoja tan absurdo como relativizar la relatividad. No es tan absurdo si se considera que vivimos en un país en el que desde hace sesenta años se democratiza la democracia. La única diferencia con el PRI es que se supone que nosotros somos inteligentes. En este sentido, al SNI le urge lo que se proponía el comité de paz de Bertrand Russell: desaparecer, su única prueba de éxito sería desaparecer.
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lunes, 20 de octubre de 2008
Cómo aumentar tus pilones, por Jaime DURAZO
Este artículo nos parece genial. Apareció en La Jornada Semanal cuando la dirigía Juan Villoro, en 1998.
Jaime Durazo es investigador en el Instituto de Geología de la UNAM (a menos que ya se haya emigrado...)
La ambición es un vicio que puede engendrar la virtud.
Quintiliano
La ley de Lotka y don Quintiliano
Según Callon y otros (1995; p. 10), del Instituto de Sociología de la Ciencia de la Universidad de París, es un hecho universal que ``la comunidad científica se divide en una élite que publica la mayor parte de los artículos (científicos) y en una masa de investigadores poco productivos''. Tal hecho lo cuantifica una distribución estadística extensamente documentada para los principales países productores de ciencia, la denominada ley de Lotka (DeSolla-Price, 1963)
N(n) = constante x (1/n2)
donde N(n) es el número de autores que generan ``n'' publicaciones durante un determinado periodo de tiempo. Ejemplo: por cada autor que publica seis artículos durante un año, probablemente habrá 36 que publican sólo uno en el mismo lapso.
Mencionado por DeSolla-Price, pionero de la cienciometría intuida por el físico y filósofo materialista John D. Bernal, el fundamento de la ley de Lotka se encuentra en el propio mecanismo de la producción científica personal, que está lejos de ser un fenómeno aleatorio. ``Un autor que publica aumenta su capacidad de credibilidad. Cuanto más se reconoce su labor, más fácil le resultará convencer a los organismos que deben financiar la investigación y más fácil logrará atraer a otros investigadores y técnicos (y estudiantes) que quieran participar con él en un nuevo ciclo de producción'' (p.22). Bien, muuuy bien, ¿y...?
Bueno, lo que de aquellos ilustres franceses deduzco es que si puedes y te decides pronto, publicar un segundo artículo te será más fácil que el primero, y el tercero más que el segundo, y el cuartoÉ etc. Lo que apantallantemente afirmo es que, similar a la estructura molecular del ADN, por ahí va una cadena de oportunidades ciertamente meritorias asociada con otra de oportunismos ciertamente contingentes. Con lo último me refiero a que los investigadores -humanos al fin- estamos expuestos a las tentaciones de la publicacionitis indiscriminada, per se, al igual que los compradores a las probaditas gratis, los ganchos y las ofertas de temporada del supermercado. Uno se pica, pues.
Mi afirmación tiene sustento. Por un lado, me apoya el celebérrimo Quintiliano (¿quién diablos fue Quintiliano? ¿Tenía acaso la virtud de poseer un quintillón de dólares?) Por otro, dispongo de la reflexión de dos personajes de mi área profesional: una tesis parecida la sostuvo hace años un presidente de la Sociedad Geológica de América (King Hubbert, 1963), y otra, también parecida, le preocupa hoy al director del Instituto de Geofísica de la UNAM (Urrutia Fucugauchi, 1997). Los títulos de sus artículos son más que elocuentes.
Copilco el Alto
¿A qué viene todo esto? Resulta que en 1996 la producción científica del mencionado Instituto de Geofísica, creámoslo o no, pues la muestra es muy pequeña, parece obedecer a la ley de Lotka. Perdón ahora por mi atrevimiento. No obstante que la producción global pudo ser localmente buena, como número absoluto (calificado según Harvard) no fue MB ni B y confieso que yo, H-1 investigador de la tres veces H masa académica de ese instituto, no contribuí con nada a elevar la calificación.
Deseo recapitular y hacer notar el indicio que de todo esto se sustenta y considero supera al rollo vil: si la producción fue regular o mala, es decir, tercermundista, no fue sólo culpa de los académicos, también fue culpa del señor Lotka y del factor constante que aparece en su ley, mismo que para nosotros es la constante de Copilco el Alto.
Kafkatlán
Tomemos por cierto el indicio aludido, generalicemos y pasemos a ingeniar cómo mejorar nuestro futuro rendimiento científico. A mi manera, también estoy preocupado y aprovecho para vender una idea. ¿Te gustaría competir con los académicos primermundistas y que éstos te hicieran los mandados y (no) se comieran los pilones? ¿Cómo?
Lo primero es reconocer y resignarse a que el factor (1/n2) del fenómeno bibliográfico es inexorable y siempre habrá 1 de a 6 por 36 de a 1. (La élite es la élite y, salvo un milagro, de todas maneras Juan te quedas.) Lo segundo es recordar que afortunadamente vivimos en Kafkatlán y podemos metamorfosear la susodicha constante copilquense. Para aumentarla hay multitud de formas; me concretaré a unas pocas y todas chicanas.
Según la aritmética de los pilones académicos, dos publicaciones en inglés son más que una (la aritmética en español no es tan benigna); ergo, en mi investigación te haré coautor si tú me correspondes con lo mismo.
Se puede ampliar la idea: que todos los artículos generados sean firmados por, digamos, seis o más coautores, y se incluya a aquellos de la mencionada masa poco (o im) productiva que sean cooperadores. La filosofía es que nada es de gorra: o corren muestras o prestan equipo o traducen y revisan ortografía o se ponen determinada camiseta y le cantan Las mañanitas al chief o preparan el café y las tortas, ¿otros?
Aunque a esto elegantemente lo podría designar como trabajo en equipo o multidisciplinariedad, explicaré a continuación otra forma más suave, yo diría tecnocrática, que me gustaría llamarla a la Pelochas. Lo estarás sospechando, no soy original (acaso si seré procaz), creo estar aprovechándome de algunas vivencias y de las nuevas e irreversibles circunstancias.
Sucede, hoy y aquí, que el modo de producción de los artículos científicos -perdón don Carlos Marx- está en plena transformación. ¿Recuerdas el cuento ``Canastitas en serie'', de B. Traven (1974)? De la ineficiente producción artesanal, romántica y a veces exótica de los retraídos sabios ortodoxos estamos pasando a la flamante producción en cadena de los pragmáticos y abiertos sabios nueva ola. ¿Recuerdas la película Tiempos modernos, de Charles Chaplin?
La MUP (minimum unit of publication -adaptación simultánea de la rasuradora de Okham y el sagrado principio de Maupertuis-), la Caprecypre (capacity of recycling published results -ciento por ciento ecología peiperiana-) y el cacaraquear los güevos -sabiduría gallinácea aplicada al principio darwiniano de sobrevivencia en la chamba-, son sólo tres de los conceptos de una mercadotecnia que rápidamente gana terreno al estímulo de los pilones académicos, el aumento de estudiantes graduados con beca y otras circunstancias favorables. ¡Ojo!, el horno ya está en su punto y aquí viene:
Lo mero güeno
Si se busca fama y fortuna (de perdis local y en devaluados pesos), cada uno de los ortodoxos tendrá que soltarse la greña, pedir a la virgencita de Guadalupe que le aumente su IQ y organizar su propia empresa de artículos científicos, sea fábrica, maquiladora o una combinación (o de perdis un changarro). Ni modo. Se recomienda irle al América, autopostularse a Reina de la Primavera, aprender computación, publicar en inglés, familiarizarse con las artes del moche, asociarse a clubes académicos y, de ser posible, registrarse en los tratados de libre comercio.
¡Oraleee...! Masa de académicos de México, ¡desmistificaos! ¡Sí-se-puede! ¡Sí-se-puede! ¡Sí-se-puede! Total, si el negocio fracasa quién quita y seamos rescatados por el Conacytproa. El secreto está revelado.
Jaime Durazo es investigador en el Instituto de Geología de la UNAM (a menos que ya se haya emigrado...)
La ambición es un vicio que puede engendrar la virtud.
Quintiliano
La ley de Lotka y don Quintiliano
Según Callon y otros (1995; p. 10), del Instituto de Sociología de la Ciencia de la Universidad de París, es un hecho universal que ``la comunidad científica se divide en una élite que publica la mayor parte de los artículos (científicos) y en una masa de investigadores poco productivos''. Tal hecho lo cuantifica una distribución estadística extensamente documentada para los principales países productores de ciencia, la denominada ley de Lotka (DeSolla-Price, 1963)
N(n) = constante x (1/n2)
donde N(n) es el número de autores que generan ``n'' publicaciones durante un determinado periodo de tiempo. Ejemplo: por cada autor que publica seis artículos durante un año, probablemente habrá 36 que publican sólo uno en el mismo lapso.
Mencionado por DeSolla-Price, pionero de la cienciometría intuida por el físico y filósofo materialista John D. Bernal, el fundamento de la ley de Lotka se encuentra en el propio mecanismo de la producción científica personal, que está lejos de ser un fenómeno aleatorio. ``Un autor que publica aumenta su capacidad de credibilidad. Cuanto más se reconoce su labor, más fácil le resultará convencer a los organismos que deben financiar la investigación y más fácil logrará atraer a otros investigadores y técnicos (y estudiantes) que quieran participar con él en un nuevo ciclo de producción'' (p.22). Bien, muuuy bien, ¿y...?
Bueno, lo que de aquellos ilustres franceses deduzco es que si puedes y te decides pronto, publicar un segundo artículo te será más fácil que el primero, y el tercero más que el segundo, y el cuartoÉ etc. Lo que apantallantemente afirmo es que, similar a la estructura molecular del ADN, por ahí va una cadena de oportunidades ciertamente meritorias asociada con otra de oportunismos ciertamente contingentes. Con lo último me refiero a que los investigadores -humanos al fin- estamos expuestos a las tentaciones de la publicacionitis indiscriminada, per se, al igual que los compradores a las probaditas gratis, los ganchos y las ofertas de temporada del supermercado. Uno se pica, pues.
Mi afirmación tiene sustento. Por un lado, me apoya el celebérrimo Quintiliano (¿quién diablos fue Quintiliano? ¿Tenía acaso la virtud de poseer un quintillón de dólares?) Por otro, dispongo de la reflexión de dos personajes de mi área profesional: una tesis parecida la sostuvo hace años un presidente de la Sociedad Geológica de América (King Hubbert, 1963), y otra, también parecida, le preocupa hoy al director del Instituto de Geofísica de la UNAM (Urrutia Fucugauchi, 1997). Los títulos de sus artículos son más que elocuentes.
Copilco el Alto
¿A qué viene todo esto? Resulta que en 1996 la producción científica del mencionado Instituto de Geofísica, creámoslo o no, pues la muestra es muy pequeña, parece obedecer a la ley de Lotka. Perdón ahora por mi atrevimiento. No obstante que la producción global pudo ser localmente buena, como número absoluto (calificado según Harvard) no fue MB ni B y confieso que yo, H-1 investigador de la tres veces H masa académica de ese instituto, no contribuí con nada a elevar la calificación.
Deseo recapitular y hacer notar el indicio que de todo esto se sustenta y considero supera al rollo vil: si la producción fue regular o mala, es decir, tercermundista, no fue sólo culpa de los académicos, también fue culpa del señor Lotka y del factor constante que aparece en su ley, mismo que para nosotros es la constante de Copilco el Alto.
Kafkatlán
Tomemos por cierto el indicio aludido, generalicemos y pasemos a ingeniar cómo mejorar nuestro futuro rendimiento científico. A mi manera, también estoy preocupado y aprovecho para vender una idea. ¿Te gustaría competir con los académicos primermundistas y que éstos te hicieran los mandados y (no) se comieran los pilones? ¿Cómo?
Lo primero es reconocer y resignarse a que el factor (1/n2) del fenómeno bibliográfico es inexorable y siempre habrá 1 de a 6 por 36 de a 1. (La élite es la élite y, salvo un milagro, de todas maneras Juan te quedas.) Lo segundo es recordar que afortunadamente vivimos en Kafkatlán y podemos metamorfosear la susodicha constante copilquense. Para aumentarla hay multitud de formas; me concretaré a unas pocas y todas chicanas.
Según la aritmética de los pilones académicos, dos publicaciones en inglés son más que una (la aritmética en español no es tan benigna); ergo, en mi investigación te haré coautor si tú me correspondes con lo mismo.
Se puede ampliar la idea: que todos los artículos generados sean firmados por, digamos, seis o más coautores, y se incluya a aquellos de la mencionada masa poco (o im) productiva que sean cooperadores. La filosofía es que nada es de gorra: o corren muestras o prestan equipo o traducen y revisan ortografía o se ponen determinada camiseta y le cantan Las mañanitas al chief o preparan el café y las tortas, ¿otros?
Aunque a esto elegantemente lo podría designar como trabajo en equipo o multidisciplinariedad, explicaré a continuación otra forma más suave, yo diría tecnocrática, que me gustaría llamarla a la Pelochas. Lo estarás sospechando, no soy original (acaso si seré procaz), creo estar aprovechándome de algunas vivencias y de las nuevas e irreversibles circunstancias.
Sucede, hoy y aquí, que el modo de producción de los artículos científicos -perdón don Carlos Marx- está en plena transformación. ¿Recuerdas el cuento ``Canastitas en serie'', de B. Traven (1974)? De la ineficiente producción artesanal, romántica y a veces exótica de los retraídos sabios ortodoxos estamos pasando a la flamante producción en cadena de los pragmáticos y abiertos sabios nueva ola. ¿Recuerdas la película Tiempos modernos, de Charles Chaplin?
La MUP (minimum unit of publication -adaptación simultánea de la rasuradora de Okham y el sagrado principio de Maupertuis-), la Caprecypre (capacity of recycling published results -ciento por ciento ecología peiperiana-) y el cacaraquear los güevos -sabiduría gallinácea aplicada al principio darwiniano de sobrevivencia en la chamba-, son sólo tres de los conceptos de una mercadotecnia que rápidamente gana terreno al estímulo de los pilones académicos, el aumento de estudiantes graduados con beca y otras circunstancias favorables. ¡Ojo!, el horno ya está en su punto y aquí viene:
Lo mero güeno
Si se busca fama y fortuna (de perdis local y en devaluados pesos), cada uno de los ortodoxos tendrá que soltarse la greña, pedir a la virgencita de Guadalupe que le aumente su IQ y organizar su propia empresa de artículos científicos, sea fábrica, maquiladora o una combinación (o de perdis un changarro). Ni modo. Se recomienda irle al América, autopostularse a Reina de la Primavera, aprender computación, publicar en inglés, familiarizarse con las artes del moche, asociarse a clubes académicos y, de ser posible, registrarse en los tratados de libre comercio.
¡Oraleee...! Masa de académicos de México, ¡desmistificaos! ¡Sí-se-puede! ¡Sí-se-puede! ¡Sí-se-puede! Total, si el negocio fracasa quién quita y seamos rescatados por el Conacytproa. El secreto está revelado.
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Invitación
Se nos ha ocurrido a un grupo de colegas crear este blog para discutir en él cualquier asunto relacionado con los "pilones" que los académicos recibimos por parte de nuestras instituciones de adscripción (como el PRIDE en la UNAM) o del Sistema Nacional de Investigadores del CONACYT.
La apuesta es que pueda servir como un instrumento de crítica y de autocrítica para mejorar, hasta donde sea posible, la forma de funcionar de estos procedimientos que, para muchos de nosotros, al día de hoy, significan un porcentaje cada vez más elevado de nuestros ingresos como académicos.
Creemos que es justo que el principio que rige estos mecanismos parta de la idea de que a mayor esfuerzo debe corresponder un mayor ingreso. Pero también creemos que hay aspectos de la instrumentación de esos programas que a veces deja mucho que desear. Una cosa extraña es que las frecuentes e intensas discusiones sobre dichos programas en general se llevan a cabo en privado, en lugar de ventilarse públicamente, por lo que parecería prudencia o hasta miedo.
Por lo mismo, este blog se deberá interesar en recopilar y reproducir las discusiones públicas que se den a conocer, o ya se hayan dado a conocer, en los medios públicos, y después en propiciar su discusión entre los que se supone que formamos parte de la comunidad académica mexicana.
Esperamos ir reuniendo información relacionada con los "pilones" y que haya una reacción positiva en la comunidad académica. Una reacción que, esperamos, sea constructiva y positiva.
Un saludo fraternal,
"Colectivo Los Piloncillos".
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